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La pasión de Alicia. Historia de una traición


Historia de una traición Esta novela narra la dramática historia de Alicia, una escritora de provincias enamorada de un autor ya consagrado, pero con una enfermedad incurable y los remordimientos por haber traicionado a la mujer que le ayudó en su inicios. La historia sigue en ultratumba

PRIMERA PARTE: LA TRAICIÓN






1. El diagnóstico


 Han sido suficientes cinco sencillas palabras para que todo el fantástico universo que he creado con mis novelas y en el que he vivido apartado de este mundo se venga abajo: «Padece usted una enfermedad incurable.» Me lo acaba de comunicar el especialista que trata mi enfermedad. El mensajero espera mi reacción, pero yo soy incapaz de hacerme una idea de lo que acabo de escuchar. Hay un tenso silencio. Parece como si el facultativo temiera continuar describiendo mi situación, pero ha considerado que debía  ser claro para que no me hiciera falsas ilusiones, y me ha advertido que no tengo más de seis meses de vida, o, en caso excepcional, y si respondo bien al tratamiento, tal vez un año. 
Salgo del hospital renegando por haber permitido que me diagnosticaran la causa de mis molestias. Por supuesto que no acepto el diagnóstico. Después de todo los dolores son todavía soportables. Es una mañana fresca y húmeda, como son las del otoño, pero agradable para pasear. Para demostrar que no es aceptable el diagnóstico, regresaré caminando a mi apartamento. ¿Por qué yo? Sí, conozco mucha gente que padecen enfermedades incurables, pero por alguna inexplicable razón yo me creía inmune. Ahora necesito algún tiempo para hacerme a la idea de mi error. Aún a mi pesar, tengo que aceptar que soy tan humano como los demás, y puedo sufrir sus mismas enfermedades.
Estoy cansado y todavía me falta más de la mitad del trayecto. Entro en un pequeño parque junto a la iglesia del barrio. En uno de sus bancos dormita un mendigo, que al acercarme me mira con una clara expresión de odio, porque debe sentirse humillado por mi apariencia de persona bien situada. Él no puede  saber que acababan de condenarme a morir prematuramente, si lo supiera no tendría ningún motivo para envidiarme. Me siento en un banco contiguo, porque mis piernas no pueden dar un paso más. El mendigo parece contrariado y se revuelve en sus harapos, como si esta fuera su casa y yo hubiera entrado sin llamar.    
El facultativo me ha creado un estigma. Ya no soy el yo-mismo que apenas una hora antes podía  hacer aquello que me apeteciera, sino yo-mismo-y-la-muerte. En adelante cada uno de mis pensamientos o actos deberán contar con ella. Pero no estoy resignado. Los médicos pueden estar equivocados. Tal vez mis informes médicos se hayan traspapelado y sean los de otro paciente. Alguna inexperta secretaria ha podido cometer ese terrible error. La naturaleza no puede abandonarme y la vida no puede ser tan irresponsable conmigo. El destino no puede ir en contra de mi voluntad, porque es mi voluntad la que debe crear mi destino.
Esto no me puede estar pasando a mí. Todavía tengo muchas cosas nuevas que admirar, muchas historias fantásticas que contar, y, por qué no, tal vez alguna persona a quien amar. ¿Es un castigo divino? ¿Me condenan a una muerte prematura por supuestos pecados cometidos, aunque no pueda saber la naturaleza de mi culpa? Un pecador no necesita conocer los detalles de su culpa, le basta con padecer el castigo para saber que ha pecado.
 Es perfectamente posible que esta enfermedad estuviera escrita en las estrellas, o puede leerse en la palma de mi mano, sin que por ello deba considerarlo un castigo.  Pero lo más razonable es que sea el resultado de mis largas noches de insomnio voluntario, dando vida a personajes que en agradecimiento me llevan a mí a la muerte. Pero no les guardo rencor. Desde el principio acepté que cada obra que merece el elogio es porque en ella hay un poco arrancado de nuestra propia humanidad, y la humanidad debe tener también sus límites.
Tal vez haya sido esa mi culpa: haber creado fantasmas y presumido de ser su dios. Pero sin mí nunca hubieran existido, luego debo de estar en lo cierto: yo soy su dios, y por ello no merezco ser castigado con tanta crueldad. Si esa es la justicia divina, todos los artistas iremos al infierno y la imaginación sería perseguida y severamente castigada.
2. La reacción
La gran impresión y desasosiego que me ha causado el diagnóstico anula totalmente mi sentido del tiempo. No sé cuánto tiempo he permanecido sentado  en este banco. Mientras yo pienso en mi desolación en algún remoto lugar del universo, estoy seguro de que alguien, que ya conoce mi destino, debe estar compadeciéndose de mí. Probablemente sea un ángel, el mismo que aparecía en las estampas que nos regalaban cuando éramos unos críos en la clases de religión. Por entonces yo también quería ser un ángel. Quería volar, ver el mundo desde lo alto, emigrar a tierras cálidas, ser libre como los pájaros, y, de acuerdo a aquellas brillantes estampas, solo los ángeles sabían volar. Por eso quería ser un ángel.
Se me erizan los cabellos, porque presiento que ese ángel puede estar ahora sentado en este mismo banco, escuchando mis nostálgicos pensamientos, intentando inútilmente consolarme, porque los ángeles y los humanos, por alguna razón que solo Dios debe saber, somos incompatibles. Pero he vuelto al tiempo real por la turbia y resignada mirada que me dirije de vez en cuando el mendigo, incapaz de comprender qué hace alguien como yo sentado en este banco a estas horas de la mañana, reservado para indigentes. Me gustaría decirle que yo tampoco lo sé, pero para él no tendría ninguna utilidad.
Luce un sol frío, otoñal,  pero limpio y brillante. Una fresca y húmeda brisa procedente de un mar cercano humedece mi acalorado rostro. Todavía quedan rastros del relente matutino sobre los coches y en las aceras. Pronto llegará el invierno. Es inevitable que a todos nos llegue algún día el invierno, pero algunos ya no vivirán para contemplar la próxima primavera. El mendigo se ha erguido y me contempla extrañado. Creo que a pesar de su aspecto, debe tener la capacidad de leer los pensamientos. Sí, sabe lo que estoy pensando, porque los que sufrimos tenemos el mismo rictus, la misma languidez en la mirada, la misma curvatura de la espalda, los mismos ojos enrojecidos, y todo eso es fácil de traducir al lenguaje común: Desolación.
Durante unos instantes parece indeciso. Finalmente se decide, y con la forma de caminar de quien tiene los músculos entumecidos, viene a mi banco, pero no se sienta. Permanece de pie, vacilante, indeciso. Por fin se decide, y me pide un cigarrillo, pero lamentablemente yo no fumo. Le ofrezco unas monedas, pero incomprensiblemente las rechaza. Extravía su mirada en un punto indeterminado, parece meditar si entablar conversación o volverse a su mundo. Como si aquel encuentro no hubiera tenido lugar y  sin hacer el más mínimo gesto, recorre de nuevo con la misma torpeza esa corta distancia que separa nuestros dos mundos, y de nuevo se envuelve en sus harapos para seguir dormitando. No tiene valor para salir de su pobreza y yo no tengo valor para aceptar la mía. Él ha perdido la confianza en los seres humanos, a los que solo les pide un cigarrillo; yo he perdido la confianza en mí mismo, al que solo pido valor para enfrentarme a mi desgracia.
El mendigo ha vuelto a levantarse y de nuevo viene hacia mí. Me pide con gesto de fingida humildad las monedas que le ofrecí. No tengo ganas de interesarme por su situación, solo tengo algún interés por la mía. No ha transcurrido ni una hora desde que he conocido mi condena y presiento que antes de regresar a mi apartamento habré pasado a la fase de rebeldía, que no es otra cosa que el recurso del pataleo, paso previo a la aceptación y el sometimiento ya sin defensas ni reservas. «He aquí el esclavo del Señor, hágase en mí según tu palabra». 
El mendigo se impacienta, seguramente piensa que deseo humillarle y noto en su extraviada mirada más odio que en la anterior. Le entrego las  monedas y se vuelve a su banco sin darme las gracias. Las cuenta y me dirige una despreciativa y tosca mirada. Sin duda esperaba que hubiera sido más generoso. No soporto más su andrajosa presencia y reemprendo el camino, pero una .parte de mi cuerpo arde como si ya estuviera en el infierno, y me cuesta caminar. ¿Existirá el infierno? ¿Existirá el cielo? ¿Existirá Dios, y sus  ángeles y querubines? Me horrorizo al darme cuenta de mi rápida transformación. Por primera vez he dudado de mis arraigadas convicciones seculares. Hasta hace solo un minuto el infierno, el cielo y Dios, eran algo anecdótico; un tema de conversación lleno de incongruencias y fanatismo para crédulos e ignorantes; de ceguera intelectual e irracionalidad. Y de improviso surgen de nuevo estas preguntas teológicas pero con una renovada importancia. También presiento que mi mente se quedará pronto en blanco, negándose a pensar, puesto que no podría dejar de pensar en la muerte y sus intrincados misterios. Tengo que redescubrir la nada, y sumergirme en ella hasta el día de mi anunciada muerte.
3. La primera noche
Son las tres de la madrugada y no consigo conciliar el sueño. Solo oscuridad y nada más. Esas figuras que las luces de los automóviles proyectan sobre el techo es lo único que llama mi atención, lo demás parece haberse desvanecido. Todo a mi alrededor es silencio, oscuridad, nada. Quien haya creado esta absurda palabra pensaba en mí, yo le he dado su verdadero sentido; su auténtico significado; su opresivo  vacío. A las cuatro de la madrugada seguiré pensando en lo mismo que pienso ahora, y las próximas horas, los próximos días hasta el día de mi muerte seguiré teniendo los mismos pensamientos: nada. Ya no me queda nada en qué pensar excepto en la nada, y, pensar en la nada es como no pensar.
Dejo la mente en blanco para intentar disuadir a mi cerebro para que no me reviva malos recuerdos, los buenos no los he olvidado. Pero de todo aquello ya no queda nada. Es la hora de mi propio juicio final. He sido ambicioso, egoísta y desleal. Si existe el infierno sin duda que me condenaré.
Tengo que reconocerlo, estos insistentes dolores, sumados a mis remordimientos, han mermado la creatividad de mi imaginación. Mi  última novela es  mediocre, incluso patética. Los personajes han nacido muertos y actúan como verdaderos zombis.  Creo que he perdido la conexión con la realidad y vivo en un mundo paralelo. Veo el nuevo mundo pero no lo siento; lo escucho pero no lo entiendo, y ya no tengo a nadie a mi alrededor para comentar esta faena del tiempo; un confidente al que se le puedan contar un cúmulo de desdichas sin que te rechace, te ignore, o te olvide.  He traspasado de una a otra dimensión sin apenas darme cuenta, entretenido con mis sueños de grandeza, con el convencimiento de que pondría el mundo a mis pies y ahora yo soy su felpudo.
He traicionado a la única mujer que he amado. He despreciado a mis amigos, y admirado a mis enemigos, porque prefería el estímulo de la victoria después de una enconada guerra contra mis enemigos a la estéril paz de los amigos. Y ahora no tengo amigos ni enemigos. A unos los he humillado, y los otros me han ignorado y rechazado mi enemistad, así que no queda nada, ni de unos ni de otros.
Estoy postrado sobre la cama intentando olvidar que tengo un cuerpo corrompido, que amenaza con destruir también mi alma y mi mente. Esta noche las esporádicas luces de los automóviles que cruzan por el techo me parecen almas en pena que me advierten que muy pronto seré una de ellas y cruzaré los techos de otros condenados; que ni el cielo ni el infierno existen, solo la insoportable nada.
4. El primer amanecer
Por fin amanece. He dormido dos o tres reparadoras horas. Es un alivio dormir; poder tener la oportunidad de encontrarte con las personas más queridas, pero no las reales, sino las que tu estado de ánimo necesita, y que durante la vigilia duermen en tu imaginación. Solo en sueños las cosas suceden como deseamos que sucedan; sin los sueños el alma no tendría donde refugiarse; donde anidar y entonar su canto, estaría presa de la cruda y severa realidad. No sé quién nos dio la facultad de soñar, pero debió ser alguien muy comprensivo y buen conocedor de las debilidades del ser humano. Tal vez fuera el Dios del que hablan las religiones, pero  yo no puedo aceptarlo, porque simplemente no creo en nada. Incluso he dejado de creer en mí mismo. Quien vive sumido en la nada no puede creer en nada.
Pero está amaneciendo y es mi hora para el optimismo; el momento más esperado, porque la luz debe ser la causa de todo lo creado, mientras que las tinieblas son las  encargadas de destruirlo, de sumir lo creado en un abismo sin retorno, el mismo que nos debe esperar tras la muerte. He pensado mucho en la muerte, especialmente en mi muerte; en mi irreversible y temprana muerte. Me gustaría creer en la transmigración, porque la vida no se destruye, solo se transforma. Sería un consuelo poder creer que instantes después de mi último suspiro ser parte de una nueva vida, en algún lugar de la Tierra o del Universo. Al fin y al cabo de él venimos y a él volveremos.
Pero mi habitación se ha inundado de luz y ahora veo las cosas como son y no como las sueño. Veo en la estantería minuciosamente ordenados por grosor, color y altura mis novelas,  en las que gastado, o tal vez desgastado, toda mi vida, y algunas fotos de tiempos remotos e irrecuperable. Las mejores novelas las escribí cuando mi mente y mi imaginación tenían alas, porque eran jóvenes y libres,  y se entendían mutuamente: lo que la imaginación creaba mi disciplinada mente lo escribía. La mayoría de mis novelas han sido un rotundo éxito, pero la última estaba contaminada de mi enfermedad. En mi mesa de escritorio, junto al ventanal por donde contemplo la parte de mundo que me corresponde, veo que permanece inactivo y silencioso el ordenador que en días mejores me provocaba constantemente, sin apenas dejarme respiro, ni tiempo para el descanso. Solo se escuchaba el excitante y rápido sonido de las teclas describiendo sobre la pantalla iluminada las imágenes que brotaban como un manantial de agua fresca de mi exuberante imaginación. Entonces esta máquina era una extensión de mi mente y de mi espíritu, ahora es un vulgar  ordenador, como hay miles, sin alma y sin actividad, porque ya no tengo nada que contar.
El teclado me parecían un universo, con el que se podían expresar hasta los más recónditos pensamientos filosóficos, escribir los más apasionados diálogos, o describir los más bellos escenarios. Todo estaba allí, a la vista, solo había que elegir las letras adecuadas, en la forma más acertada  y con el ritmo también adecuado. Esa era otra vida. Cada personaje que salía de ese ahora inerte teclado trastocaba completamente la realidad: ellos eran los reales, lo demás era un sueño. Los sentía tan vivos que muchas veces los invocaba convencido de que aparecerían en mi habitación, y discutiríamos sobre su futuro como personaje de la novela. Siempre tuve la sensación de que no estaban conformes con su papel, porque yo nunca llegué a conocerlos como realmente eran, a pesar de que yo mismo los había creado. Pero eso fue antes del diagnóstico; antes de que mi caminar se hiciera torpe  y descompasado; mucho antes de que los primeros síntomas de mi enfermedad me hicieran perder el sentido por causa de un intenso dolor surgido de alguna parte imprecisa del interior de mi cuerpo. Pero yo presentí mi enfermedad mucho años antes. Posiblemente tuve el presentimiento ya desde mi nacimiento, por eso viví con urgencia, escribí con urgencia y también envejecí con la misma urgencia. Ahora ya puedo descansar y tranquilizarme, ya no hay razón para la urgencia. 




Café Central. Historia de un barrio

¿Nos casaríamos con una prostituta? ¿Aceptaríamos tener un hijo homosexual y asistir a su boda con otro hombre? ¿Aprobaríamos que nuestra hija abortase por una razón de incompatibilidad laboral? ¿Cómo reaccionaríamos si nuestra hija nos dice que se ha enamorado de un hombre de color? Estos son los dilemas morales en que se basa el argumento de esta novela, y a los que se enfrentan sus personajes. Es un alegato en favor de los Derechos humanos.


PRIMERAS PÁGINAS





Mi barrio



Mi barrio es un pequeño mundo, supongo que similar a otros barrios. Un lugar donde nos hemos acostumbrado a ver siempre las mismas caras, a hacernos los mismos saludos, a comprar en las mismas tiendas, a escuchar las mismas canciones que gustan en cada época, a asistir al mismo cine, a la misma iglesia y al mismo parque, donde juegan los niños. Para la salvación de nuestras almas contamos con una iglesia católica y otra protestante. Las dos compiten por cuál de ellas hace sonar las campanas con más intensidad, y atraen a más feligreses. La católica no es tan popular como la protestante. Por lo general la frecuentan ancianas beatas y jubilados que ya carecen de energía para pecar, pero siguen temerosos de morir en pecado mortal e ir al infierno, aunque ya no sepan qué es un pecado mortal ni cómo se comete, no obstante esperan que su iglesia les salve de sus pecados o de otras tentaciones.
La protestante la frecuentan gente de todas las razas y nacionalidades, que convierten la casa de Dios en un club social, donde se canta y se interpretan canciones con una variopinta orquesta de aficionados. Nada está escrito sobre cómo le gusta a Dios que se organice una iglesia, pero puede que a Dios esta no le desagrade.

Tiene las dos cosas que son esenciales y más apreciadas en una pequeña comunidad: un sencillo cementerio de barrio y una ruidosa escuela de primaria; aquí se juntan la muerte con la vida. El fúnebre silencio de sus tumbas es compensado por los gritos de entusiasmo del juego de los niños. Los muertos deben sentirse animados y bien acompañados. También tenemos un pequeño parque, donde crecen tres inmensas hayas milenarias, que resistieron los horrores de la guerra, y ahora dan cobijo a una variada clase de pájaros y dan su acogedora sombra a los ancianos, que consumen los últimos días contemplando con avidez estas imágenes de vida cuando están cercanos a la muerte.

La mayoría de los vecinos que hemos superado los cuarenta años somos los mismos que éramos antes de la guerra, excepto los desgraciados que murieron bajo los escombros, y nos conocemos desde hace ya muchos años. Ninguno de nosotros quiere hablar del pasado, ni recordar los hechos que nos llevaron a esta devastadora guerra. Es como si se nos hubiera borrado de la memoria todo lo sucedido hace solo dos décadas.

Desde el final de la guerra, todos empezamos una nueva vida después del cataclismo bélico, pero ninguno ha podido realizar sus sueños de antes del gran holocausto. Las guerras matan los sueños, pero despiertan las conciencias. Ahora somos más sabios, pero más desdichados. Aunque modestos, hay suficientes comercios como para que no nos falte lo esencial. Yo abrí una modesta tienda de bisutería y baratijas de regalo, porque mi padre era joyero, pero en la guerra lo perdimos todo, y yo carecía de medios para seguir con el negocio familiar. La mayoría tienen largas listas de deudores, porque los años de posguerra han sido muy duros y han escaseado los buenos empleos. Quien puede permitírselo y quiere algo especial, tiene que ir a los grandes almacenes del centro.



El Café Central


El barrio tiene una acogedora plaza con dos milenarios y robustos nogales, y media docena de tilos jóvenes, que plantamos después de la guerra.

La plaza es un amplio espacio que tiene a cada uno de sus extremos las dos iglesias, pero el lugar más concurrido es sin duda el gran Café Central, donde casi a diario solemos acudir al finalizar la jornada de nuestros tediosos trabajos.

El noble edificio donde está ubicado no sufrió milagrosamente daños de importancia durante la guerra y conserva su decoración original, al estilo de los grandes cafés del siglo pasado, para martirio de los camareros, que terminan agotados por las grandes distancias que tienen que recorrer.

Es una gran sala, con innumerables mesas, y asientos corridos adosados a las paredes, tapizados de cuero descolorido y desgastado por tantos años de uso. Unos grandes espejos dan la sensación de ser todavía más grande, que combinan con frescos de un corrupto Art-déco, tan popular en los años en que fue decorado.

A pesar del nombre, influenciado sin duda por los grandes cafés franceses de la época, la bebida más habitual no es el café, sino la cerveza.

Este nostálgico café ha sido el testigo silencioso de todos los grandes sucesos del barrio que marcaron nuestras vidas. En ese acogedor espacio compartimos nuestros, deseos, ideas o fantasías con nuestros entrañables amigos. Si en algún momento tenemos nostalgia del pasado, solo necesitamos volver al café Central para retroceder en el tiempo y revivir los años de dorada juventud.



PRESENTACIÓN DE LOS PERSONAJES

La joven y bella María

El personaje más admirado de esta historia es la encantadora y bellísima María. Yo solo espero a que pase por delante de mi bisutería para llenar de luz mi oscura vida. No tengo más aliciente en todo el tiempo que me ocupo de mi ruinoso negocio que su deseada presencia. Siempre que pasa por delante de mi modesta tienda de bisutería se detiene a contemplar las baratijas, que no pueden realzar más su belleza. Pero su coquetería natural le atrae hasta mi pequeño escaparate. Por alguna misteriosa razón, le seduce un collar de perlas de imitación y las gargantillas de fieltro negras. Pero ¿no es un sacrilegio ocultar ese precioso cuello?

María es hija de un modesto peluquero del barrio, viudo desde hace un año, y solo tiene a su bella hija para que se haga cargo de la casa. El padre es ya un anciano que debería de jubilarse, pero no tienen otro medio de vida que la peluquería. Desde luego que yo no me afeitaría en su barbería, porque ya no puede sujetar la navaja de afeitar sin que le tiemblen las manos. No sé cómo sobreviven, porque su barbería esta normalmente vacía. No creo que sus escasos clientes asiduos les permitan vivir decentemente. Supongo que debe confiar en que su bella hija encuentre un buen partido que les saque a ambos de la miseria. ¡Cuánto daría por ser yo ese privilegiado! Pero mi negocio no es menos ruinoso que el suyo.

—María —me atrevo a decirle mientras ella no aparta su mirada del falso collar de perlas—, siempre que pasas por delante de mi tienda te detienes a contemplar ese collar. ¿Te gusta? ¡Podría regalártelo!

María es joven, pero no ingenua. Debe saber que nadie regala algo a cambio de nada, y yo no soy un ángel. Ella me sonríe, y no tiene en cuenta la inmoralidad de mi generosa oferta.

—¿Para qué quiero un collar tan bonito si no tengo un vestido para lucirlo?

—Si tú quisieras podrías vestirte como una reina...

—¿Una reina sin un rey? —me interrumpe, sin perder su encantadora sonrisa.

—¡Todavía hay príncipes solteros!

—Pero no se pasean por este barrio.

—¿Y no hay en el barrio ningún príncipe que te haga su reina?

Me responde con una nueva sonrisa que me deja con la duda y prosigue su camino. Solo su juventud justifica su alegre carácter, porque su vida debe estar rodeada de una gran tristeza.

María es la mujer más deseada del barrio y son muchos sus pretendientes, pero ella parece esperar algún príncipe azul que solo debe existir en su fantasía. Tal vez sea alguien de fuera de nuestro barrio quien sea el privilegiado de ganar su corazón.

Adela, la panadera chismosa

En todos los barrios siempre hay alguna chismosa encargada de informar al vecindario de los escándalos y los entresijos de la vida privada de los vecinos. Nuestra chismosa es Adela, una mujer entregada con verdadera pasión, e incluso diría que vocación, a chismosear sobre la vida privada de la comunidad. Si alguien está interesado en vender algo a plazos, no tiene más que consultar a Adela sobre su estado financiero. Como cada mañana pasa por delante de mi tienda de camino a su panadería. Cuando nos ha visto no ha podido evitar enterarse de lo que estábamos tratando. Sospecha que yo, a pesar de mis casi 50 años, también estoy interesado en ser uno de sus pretendientes. Ha estado observando la escena y, como es propio de su entrometido carácter, no puede evitar ponerme al corriente de su chismes:

—¿Quién conseguirá cazar esta hermosa corza? ¿El hijo del carbonero? Es apuesto y está perdidamente enamorado de esta criatura, que le regala el carbón para ganar su afecto. Pero ella ni le quita ni le da esperanzas, porque los inviernos son largos y fríos, y necesita su carbón. Pero quien no le quita ojo, y desde luego, no con sanas intenciones, es Raulín, el hijo mal criado de ese usurero de Romano. La pobre criatura terminará por ceder a sus malvados deseos, porque necesita alguien que les libre de sus deudas, a pesar de que en muchas tiendas donde despachan jóvenes le rebajan e incluso le regalan lo que compra. Yo también le regalaría el pan si no temiera las protestas de mis otros clientes. Corre el rumor de que deben seis meses del alquiler de la peluquería, que como muchos otros inmuebles del barrio, es propiedad de Romano. Su perverso hijo no dudará en aprovecharse de su situación para tener sus favores...

No estoy interesado en su chismosa información, pero en este barrio todos nos conocemos y dependemos unos de otros, por eso es necesario mantener una buena convivencia. Le hago ver que estoy interesado.

—Ya veo Adela que estás bien informada.

—No creas que yo busco las noticias, me las dan en la panadería. Si no las escuchase sería una falta de educación. No tengo más remedio que soportar sus chismes. En mi panadería no se habla de otra cosa que del futuro marido de María. Hasta se han hecho apuestas por acertar con quién de sus muchos pretendientes terminará casándose.

—¿Y quién de todos ellos es el favorito?

—¡Guido, el librero, por supuesto!

—¡Pero debe rondar los cuarenta años!

—¡La mejor edad para un hombre! A las jovencitas les atraen los hombres maduros y con experiencia de la vida, y no tiene mala posición, porque el negocio de libros parece que no le va mal, y no creo que le guste vivir sin una mujer que le cuide y atienda su casa. Yo creo que harían una buena pareja, porque Guido es un caballero. Pero está por medio su prometida, Julia, aunque dicen que no se entienden muy bien. Desde luego que no es oficial y no están comprometidos. No sé si, además de Guido, le gustan también los libros, porque debe tener llena su casa de libros sin leer, ¡no sale de su librería!

También mi Lucio anda tras de ella, pero no le consentiríamos que se case con una mujer que está en boca de todo el barrio. ¡No digo que no sea honrada, pero corren tantos rumores!

Afortunadamente ha entrado una clienta en mi tienda y tengo una buena excusa para despedirme y terminar esta conversación tan denigrante. Ella parece contrariada, como si yo hubiera llamado a mi clienta para encontrar la excusa para dejarla plantada, con la mitad de sus chismes sin contar, y prosigue su camino sin disimular su contrariedad, pero pronto encontrará una nueva víctima para su perversa afición.

La extraña


Un ejecutivo español insatisfecho en su matrimonio busca una aventura sentimental aprovechando uno de sus viajes de negocios. La víctima es Tania, una profesora de música de un país de la desaparecida Unión Soviética, a quien ha contactado por Internet, y que trata de huir de la situación económica de su país con una oferta de matrimonio.




PRIMERAS PÁGINAS
Toni (Madrid, España)
Toni deambulaba ocioso por el concesionario de automóviles de lujo contemplándose a ratos en los amplios espejos de la pared. Momento que aprovechaba para ponerse bien el nudo de la corbata, contemplar su perfil «bueno», tratando de recordar qué día tenía hora con el dentista para terminar de hacer los empastes, estudiar si la americana le sentaba mejorabotonada o abierta y recordarle a su mujer que no volvería a ponerse aquella camisa rosa, pese a que ella se empeñase en que le sentaba bien.
«Diga Olga lo que diga, las camisas rosas son para afeminados», pensaba de forma rutinaria y reiterativa sin darle mayor importancia. Él las prefería de color azul o blancas. Tal vez Olga le considerase, en efecto, algo afeminado y por eso le elegía aquellas camisas de color rosa.
—¿Qué hora es? —preguntó a su secretaria, sin molestarse en consultar su propio reloj.
—Faltan cinco minutos para las dos.
—Cierra y vamos a almorzar. No tardéis, que no me gusta almorzar solo...
—Descuida, llegamos en cinco minutos
Toni traspasó la puerta automática del concesionario y sintió una bocanada de aire fresco, pero cargado de los olores nauseabundos del gas-oil quemado de los vehículos atascados frente a un semáforo. Un taxista hacía sonar la bocina e increpaba a una mujer que conducía un pequeño utilitario: «¡Oye, guapa, que esto no es la procesión de Semana Santa! A ver si nos despabilamos o no salimos de aquí en toda la mañana!». Toni contemplaba la escena pero no sentía ninguna lástima por la chica ya sudorosa al volante del utilitario porque no era nadie, con aquella coleta insignificante sujeta con un elástico de color fósforo y una rebeca gris de la que intentaba librarse inútilmente entre un caos de brazos, cinturón de seguridad y palanca de cambio. Estaba de acuerdo que aquel taxista era un cretino. Tenía un aire provinciano: camisa de rallas, desabrochada, bigote insignificante y mal cuidado, unas gafas de vista cansada atadas con un cordón negro sobre una prominente barriga casi despreciable por descuidada. Parecía que se hubiera desarrollado pegado al asiento hasta que la barriga se ajustaba milimétricamente al volante gastado, cuyos únicos movimientos, como si se tratara de un parapléjico sobre su silla de ruedas, consistían en manejar el cambio de marchas, pulsar el botón del taxímetro y, no sin dificultad, girarse para entregar el cambio al cliente exasperado por los extras imprevistos que aparecían súbitamente en grandes números fósforo naranja del taxímetro. A pesar de todo, era probable que el cliente le diera los últimos céntimos de propina, como si temiera que el taxista fuera a contar a todo el mundo que no debía andar muy bien económicamente cuando ni siquiera daba propina a los taxistas.
Toni se sentía reconfortado por no tener otra cosa que hacer que cruzar la calle, sentarse en el restaurante y esperar a que el camarero le mostrase la carta. Le tenía sin cuidado lo que pudiera suceder a su alrededor, era la primera vez en toda la mañana que sabía lo que tenía que hacer y que podría hacerlo con cierta autoridad y sin temor a equivocarse.
Un trabajo sin alicientes
—¿Quiere sentarse aquí, don Antonio?
El viejo camarero insistía en llamarle «don Antonio» a pesar de que en varias ocasiones le había tratado de argumentar, lleno de beatífica paciencia, que prefería que le llamara Toni, como hacía casi todo el mundo, porque no se creía ni con la edad ni con la posición como para que fuera tratado de don, y mucho menos por su propio nombre que secretamente detestaba, de ahí su complacencia por el diminutivo Toni, que seguramente conservaría incluso cuando fuera un anciano, como Toni Curtis, o Toni Graciosa, o tantos otros que seguramente detestaban el nombre de Antonio.
—Sí, don Antonio... Comprendo don Antonio —pero el viejo camarero había sido educado para tratar de usted a cualquiera a quien estuviera sirviendo, y siguió llamándolo así pese a sus gestos de desagrado y reducir considerablemente la cuantía de sus propinas.
—Don Antonio: ¿lenguado? Está muy fresco y ya sabe cómo lo prepara Jacinto. ¿Una ensaladita o gazpacho? Hoy es un día de verano, eh, y estamos en mayo. ¿Está bien aquí o prefiere junto a la ventana? Este verano será calentito. No si lo del calentamiento ese será verdad... Entonces: ¿lenguado?
—Espera a que lleguen Juan y Concha. No sé lo que querrán.
—Bueno, aquí le dejo un aperitivo para que vaya picando ¿Vino blanco? ¿Le gustan las agujas? Sí, claro... ¿O prefiere unas gambas?
—Lo que sea, pon lo que sea —dejó su americana cuidadosamente colocada sobre las hombreras en el respaldo de la silla, y volvió a percatarse del afeminado color de su camisa rosa, impecablemente limpia y planchada, que aún conserva el áspero y desagradable olor del detergente, y se sintió incómodo, violento, como si se hubiera desnudado y no se encontrara ningún vestigio de algún órgano que pudiera identificarle como género. No es que se sintiera afeminado con aquella brillante camisa rosa sino que se sentía neutro, asexuado, confundido, tal vez lo que era y sólo su mujer sabía interpretarlo y proponer la vestimenta adecuada. Juan le sacó de sus angustiosa sensación de castrado:
—¿Has pedido ya?
—No, os estaba esperando. ¿Dónde está Concha?
—Tenía una llamada de última hora, pero está al llegar.
Al cabo de unos instantes entró Concha con una misteriosa expresión de Gioconda.
—Ha llamado Olga...
—¿Olga? —Toni no quería que su mujer le llamara al trabajo. El concesionario era su pequeño refugio, su recinto amurallado donde ejercía una especie de virreinato. Se sentía como el cacique del señor Serrano. Puede que no estuviera muy bien considerado, no sin razón, pero exigía que respetasen su estatus y le permitieran ejercerlo con cierta autoridad. Juan y Concha eran sus subordinados, los únicos que justifican su presencia, los necesitaba pero ignorantes. No debían sospechar sus tensas relaciones con la familia Serrano, incluida su propia esposa, Olga Serrano. Él no estaba allí sólo para vender coches de lujo sino para reinar y ellos eran sus únicos súbditos. ¿Cómo permitirles que dudaran de la autoridad que le inducía el parentesco? Les gustara o no a los Serrano, él era parte de la familia y aquellos empleados debían oír a través de sus oídos y ver a través de sus ojos. No debían tener ideas propias sobre su relación familiar con su suegro, dueño del concesionario; tenían que verlas como él quería que las vieran. Por tanto, cualquier imprudencia, una frase equívoca, una expresión que se prestara a varias interpretaciones podía cambiar esta relación y, sin saberlo, hasta podrían estar mofándose de él a sus espaldas. Sus empleados debían estar al margen de su vida personal y creer todo aquello que él mismo les quisiera contar sobre sus asuntos familiares.
—Le he dicho que estabas aquí y que te llame al móvil.
Les permitía que le tutearan por la misma razón que les obligó a llamarle Toni. ¿Qué sentido tendría llamarle señor Toni? Si le llamaban con el diminutivo familiar de Toni, como él mismo les había pedido, no cabía otra posibilidad que tutearle. Pero era una exigencia de cortesía que nada tenía que ver con el respeto que le debían. Podría ser Toni y no ser adecuado anteponer el señor, pero ¡él era un señor!
Antes de que pudiera interesarse por el motivo de su llamada, sintió la vibración del móvil golpeando el respaldo de la silla. Resignado, controlando un gesto de contrariedad porque por nada del mundo quisiera dar a entender ante sus empleados que su mujer, Olga Serrano, única hija de don Francisco Serrano, era una molestia, pulsó el botón de respuesta después de comprobar que era el número de su mujer.
—Dime, Olga... ¿Los niños, yo?... ¿Por qué no puedes recogerlos tú?.. ¿Otra vez? Bueno, está bien, los recogeré yo... Sí, a las cinco... Estaré allí, puedes estar tranquila... Adiós... Un beso... Sí, tranquila... Adiós.
Colgó el teléfono como si no se hubiera producido aquella llamada, porque como había dicho mil veces, el trabajo no era un lugar para tratar asuntos personales. Pero Olga, como siempre, tenía sus propias ideas. ¡Era como su padre!
Pilar se preguntaba por qué no decir simplemente: «tengo que recoger mis hijos en el colegio» en lugar de «tengo un compromiso ineludible». De esta manera perdía a sus ojos la poca humanidad que aún pudiera quedarle al protegerse estúpidamente y considerar a aquellas pobres criaturas como un «compromiso». Si algún día ella tuviera hijos ¡jamás diría una cosa así ni aunque tuviera una cita con el mismo rey de España!
Toni intentaba relajarse y paladear la mousse de chocolate sin que se le agriara rápidamente en el estómago, porque eso podría significar que estaba ya en proceso de ulceración y pronto descubriría con horror que sus temores habían sido justificados: ¡el viejo habría acabado por arruinar su salud!
Tiró la servilleta contra el pulcro mantel rosa como si estuviera a punto de renunciar a algo importante, aun cuando sólo era una forma de dar a entender que la comida había finalizado. Solía hacerlo con bastante frecuencia porque era raro el almuerzo que no terminaba con alguna forma de crítica contra su suegro y, por tanto, con aquel airado gesto. Pidió la cuenta, pero evitó al viejo camarero porque estaba harto de tratar inútilmente que no le hiciera sentirse viejo y se levantó pesadamente convencido de que no tardaría ni cinco minutos en tener acidez de estómago.
Tania Ivanova (Un país de la ex-Unión Soviética)
Tatiana Petrovna Ivanova, profesora de la escuela Municipal de Música, no era capaz de poner orden en la pequeña revolución infantil causada por la inoportuna rotura de la quinta cuerda del violín de la pequeña Elena Tcharina.
—¡No os riáis! No debemos reírnos de las desgracias de los demás.—llaó a la pequeña Elena que todavía gimoteaba frotándose la nariz, la sentó sobre sus rodillas y trató de consolarla:
—Hasta al gran Nicolo Paganini debió de sucederle alguna vez que una cuerda de su violín le golpeara la nariz. Bueno, vamos a ver, ¿tienes una cuerda de repuesto?
—Lo siento señorita Ivanova, pero no tengo. Ya se lo dije a mi papá, que me comprara un juego de cuerdas de recambio, pero me dijo: «Elena, ándate con cuidado y no rompas ninguna cuerda del violín que no estamos para muchos gastos». Por eso lloraba, señorita Ivanova, no porque me doliera la nariz. Lloraba porque mi papá se enfadará conmigo, después de haberme avisado. Pero yo he tenido cuidado, no sé cómo ha podido suceder...
—Bueno, supongo que encontraremos alguna por aquí. Déjame buscar... Pero no te preocupes, tu papá no sabrá nunca que se ha roto la cuerda de tu violín, ¿de acuerdo? Así es que ya no tienes por qué llorar.
Tania Ivanova permaneció unos instantes con la pequeña Elena sobre sus rodillas sumida en un incontrolable arrebato de ira contenida contra los políticos que gobernaban el país o quien fuera responsable de aquella penosa situación: ¿Cómo era posible que en sólo unos años los padres ya no podían comprar ni cuerdas para los violines de sus hijos? ¿Qué estaba ocurriendo en su país? ¿Eso era lo que nos traería el famoso capitalismo que tanto aclaman en América o en Europa? ¿Cómo se había llegado a esta situación cuando tan sólo diez años antes hasta los instrumentos los facilitaba el Estado, incluidas docenas de cuerdas para que nunca una niña tuviera que llorar por haber roto la cuerda de su violín? Pero no sabía la razón. Ella era profesora de música, no economista y no estaba en su mano solucionarlo, así es que volvió a recuperar su habitual buen humor y la fortaleza propia de una maestra, y, tras cambiar la cuerda del violín de la pequeña Elena, pudo por fin terminar con cierta satisfacción un difícil pasaje de las «Danzas Húngaras», por lo que podría estar a punto para el festival infantil de fin de curso.
Reconfortada por el relativo éxito de los ensayos, Tania despedía a sus pequeños alumnos, nombrándolos cada uno por su nombre de pila y apellido, mientras recogía las partituras dispersas en los atriles introduciéndolas en una carpeta con la rotulación: «Danzas Húngaras, J. Brahms»
—Adiós, Mila Morozova. No te olvides que mañana empezamos una hora antes.
—Sí, señorita Ivanova. Hasta mañana.
—Ah, Piotr Schvabrin, recuerda a tu madre que mi hija Anechka asistirá a tu fiesta de cumpleaños.
—Si, señorita Ivanova, se lo diré. Me alegra que venga. Anna es mi mejor amiga.
—Me alegro, ya sé que os entendéis muy bien. Ah, pero no esperes un gran regalo. Bueno, ya sabes cómo están las cosas, pero algo te llevará.
—No se preocupe, señorita Ivanova, mi papá me ha prometido un bonito regalo que compró cuando estuvo en la capital. Pero lo tiene bien escondido y ¡me muero de ganas por saber qué es!
—Seguro que te gustará. Por cierto, ya eres casi un hombre: ¿once añitos, no?
Piotr se avergonzó por tener que reconocer su edad porque tenía la sensación de que su estatura no se correspondía con los niños de su edad. Era por lo menos una cuarta más bajo de lo común. Tenía la estatura de una niña y, mirándolo con atención, incluso sus rasgos físicos eran tan suaves y delicados como los de una niña.
Tania acarició su rubia y abundante cabellera al tiempo que le regalaba una maternal sonrisa: «Es un pequeño genio este Piotr Schvabrin. ¡Ojalá no se malogre!», pensó con un gesto de melancolía.
Los niños fueron abandonando ordenadamente la clase de música hasta que Tania se quedó sola, terminando la rutinaria tarea de ordenar las sillas, los atriles y cerrando las vitrinas donde guardaba las partituras.
Cuando terminó, se sentó sobre el taburete del piano como si tratara de recuperarse de una súbita fatiga. Le pesaban las piernas y le dolían los pies, pero sobre todo sentía una incomprensible presión en las sienes, como si estuvieran a punto de estallar.
Apenas se desentendió de las preocupaciones propias de la clase se vio asaltada por un sinfín de cosas que requerían su urgente atención, además de pasar por el mercado y comprar algo para cenar. Absorta por estos pensamientos apenas vio a la severa figura de la directora María Ustinova que la hacia señas con su habitual autoridad desde el umbral de la puerta de su despacho:
—Tatiana Ivanova, por favor, venga un instante a mi despacho.
Tania se sobresaltó y otra vez sintió que le pesaban las piernas y las sienes parecían estallar.
—¿Ocurre algo, señora Ustinova?
—Entra Tania, es un minuto. No podemos hablar en el pasillo.
Tania siguió a la directora presintiendo que no iba a recibir buenas noticias. Sabía la forma en que la Ustinova preparaba a sus víctimas por su sospechosa amabilidad para invitarlas a entrar en su despacho, un cuartucho tan ennegrecido y abandonado como el resto de las dependencias de la escuela.
María Ustinova era, no obstante, una mujer de aspecto franco y profesional. Nadie podía decir de ella que ocultase malas intenciones contra ninguno de los profesores, a pesar que desde hacía años el ambiente no era precisamente cordial entre ellos, sobre todo por las crecientes necesidades y los cada vez más frecuentes recortes de sueldos y otros ingresos por primas o méritos académicos que eran tan frecuentes en el régimen anterior. Las pequeñas corruptelas eran ahora mucho más frecuentes y los padres, además de pagar por las clases de música, se veían obligados a dar propinas a los profesores para conseguir tratos de favor, sobre todo si sus hijos requerían alguna atención especial. Sin propinas nadie estaba dispuesto a salirse del programa oficial. No era por perversión, simplemente era la única forma de sobrevivir y se había llegado, con una silenciosa complicidad, a este estado de cosas tan indigno para sus propias reputaciones profesionales.
—Tania, siento tener que decirle que este año Anechka no podrá acogerse al programa de Chernovil, y no será invitada a viajar a Italia... Se ha hecho mayor, ya tiene once años y usted sabe que el programa termina a la edad de diez.
Tania sintió que un inesperado sofoco. Las piernas simplemente no las sentía y se ahogaba. Tomó aire, trató de respirar con profundidad hasta llenar de aire los pulmones y lo expulsó lentamente y con resignación.
—¡Pero señora Ustinovna, si mi hija no puede ir este año a Italia yo tampoco podré salir de gira con la orquesta!
—Tania, querida, Anya ya no es una niña y hay otros niños que también lo necesitan. Anechka ha estado viajando cada año desde que tenía cinco añitos. La Comisión ha creído que ya es suficiente...
—Pero usted sabe que no tengo con quién dejarla... —insistió Tania, más como desahogo que tratando de ablandar a la Comisión, porque sabía que una vez tomada una decisión, en ese país todo el mundo la respetaban—. Ya sabe que la abuela se rompió la cadera y no levanta cabeza. Cada día tengo que atenderla yo misma porque casi no puede hacer las cosas de la casa y mucho menos ir al mercado.
—Podrías enviarla con tu hermana. ¿Y tu hermano Nikolai? ¿No podría quedarse con él?
—No sé, tal vez... Entonces... —preguntó Tania para concluir y evitarle mayores explicaciones a la directora—, ¿no hay ninguna posibilidad de que pueda ir?
—Ninguna...
—Bueno, será mejor que empiece a pensar qué hacer con ella este verano... —se levantó apoyándose pesadamente en los brazos metálicos del sillón de oficina de la época comunista, y se despidió haciendo un breve gesto de resignación—. Sí, se está haciendo mayor. Tengo que ir haciéndome a la idea que ya no es una niña.
—Hasta mañana, Tania. Espero que lo resuelvas. Dale un beso a la pequeña Anya de mi parte.
Eran tantas las necesidades de la mayoría de las familias de los profesores que la directora había adquirido cierta profesionalidad para comunicar ese tipo de noticias y saber ponerles el adecuado final, intentando no dramatizar más de lo necesario.
—Hasta mañana. Sí, se lo daré de su parte.
Ni la directora ni ella mencionaron al padre de Tania, porque era evidente que nada podría hacer después de su segundo matrimonio del que ya habían nacido tres hijos y el último apenas tenía unos meses. Dadas las circunstancias era probable que lo estuvieran pasando mucho peor que ella misma.

Ecología y Sociedad Civil



INTRODUCCIÓN

¿Es la Ecología el nuevo paradigma del Tercer Milenio? Y si fuera así, ¿nos llevará a una nueva revolución de la importancia y trascendencia política y cultural de la propia Revolución francesa?  Responder a esta compleja pregunta es la intención de este breve ensayo. Personalmente estoy convencido de que estamos ante una «cuestión de conciencia», que la ecología social está calando en muchas personas que comprenden que vivimos en un mundo soportado por complejas relaciones ecológicas, y este realidad debe ser cuanto antes asimilada en la vida cotidiana y reflejada en sus comportamientos cívicos y también políticos, sin que las posibles diferencias ideológicas o incluso religiosas sean a priori un impedimento para quienes las asimilen.

La guerra de Inés

Esta extensa novela tanscurre durante todo el periodo de la II República española (1931-1936). Los personajes conductores de la acción son Andrés, un pastor forzadoo al sacerdocio, e Inés, una campesina que desea educarse para sentirse respetada. Novios en su adolescencia, la guerra civil alterará todas sus ilusiones y proyectos. Ella se afilará a las Juventudes Socialistas, mientras que él proseguirá su formación sacerdotal, y tendrán que enfrentarse a sus violentas consecuencias.


PRIMERAS PÁGINAS


Introducción


Una breve introducción para situar al lector


En 1931 España era un puzzle que nadíe sabía como completar. Una historia llena de desaciertos por parte de monarcas irresponsables, por lo general extranjeros, era la principal causa de esta fragmentación.

Algúnos políticos con visión de futuro pensaron que había llegado la hora de afrontar la “regeneración” de las bases políticas, económicas, sociales y religiosas del país, porque de otra manera España quedaría definitivamente marginada de la Europa de la democracia y del Estado social y de Derecho.

Para conseguir este ambicioso propósito había que desplazar a la monarquía y reemplazarla por una República moderna y democrática. Pero dada la fuerte reacción de los tradicionalistas, esto solo se lograría con un gran “Frente popular” de centro-izquierdas. Pero cuando un frente político gana unas elecciones, cada partido quiere recoger el fruto de su participación en el triunfo.

La proclamación de la República se convirtió en la oportunidad de realizar su idea de lo que debería ser España, y la mayoría optó por la revolución para imponer un modelo anarquista, criterio que no coincidía con los republicanos moderados de la coalición, y ya desde el primer día de su proclamación se entabló una sórdida “guerra interna” que debilitaría la capacidad de la República para defenderse de sus agresores y detractores y que acabaron con su inevitable derrota.

El otro bando contraatacó en las urnas formando otra coalición, el “Frente nacional”, en el que también eran mayoría los que concebían una España tradicionalista y conservadora, para lo que también ellos consideraban necesario la anulación de la monarquía e instaurar un régimen autoritario y dictatorial, guiados por un jefe carismático y con total autoridad. Tampoco en este bando los moderados podían ver realizado un proyecto social de fundamento liberal y capitalista.

La guerra civil era inevitable para derimir quienes impondrían sus ideas. Pero fueron los militares los que impusieron las suyas: orden, disciplina, obediencia y aislamiento, para evitar las malas influencias de una Europa que, según ellos, estaba aducida por intelectuales judíos y masones, causantes de todos sus males.

España fue durante 40 decisivos años un cuartel, sin ideas políticas, económicas o sociales homologables con los regímenes de Europa tras el final de la II Guerra mundial.

Los personajes de este libro de historia novelada, que no una novela histórica, son los representantes protagonistas de las diversas opciones de esta época.

- Inés Valiente representa a los miles de españoles víctimas colaterales de la guerra. Ella solo deseaba un país donde estuviera asegurada la felicidad para quienes la merecen.

- Su hermano mayor, Juan, la izquierda moderada del PSOE, y sus dos hermanos menores, Benjamín y Damián, las propuestas revolucionarias de la CNT-FAI y de ottas organizaciones políticas de ideología libertaria.

- Andrés es el personaje central del libro que se encuentra en el centro del huracán político, y que intenta inútilmente dialogar con ambos bandos, y llegar a lograr el necesario consenso que hubiera evitado la guerra civil.

- Don Román es el representante de los que apostaban por un capitalismo radical, en el que cabe todo lo que reporte beneficios, incluido el trato con usura y la especulación.

- Su hijo, Ramonín, representa la España sujeta por las cadenas de las tradiciones, articulados por un socialismo paternalista y nacional, dirigido por un jefe carismático y autoritario.

- El obispo de la sede episcopal es la personificación de una Iglesia católica relajada de sus funciones pastorales y entregada a la defensa de sus privilegios históricos, que reaccionará con una extrema dureza, desoyendo las recomendaciones de moderación del propio Papa. Pero, al mismo tiempo, será la institución más vulnerable una vez iniciada la contienda.

Otros muchos personajes, históricos o ficticios, complementan en esta extensa narración sobre el puzzle político, social y religioso de una España que todavía no hemos logrado completar.



CAPÍTULO PRIMERO





Abril de 1931


En un día como hoy de hace sesenta años falleció en mis brazos mi amada, y siempre añorada, Inés Valiente. Apenas habían transcurrido tres meses desde el alzamiento militar que degeneró en la larga y fratricida guerra civil que puso un sangriento fin a la II República española. En 1931 Inés y yo éramos dos aldeanos adolescentes, ingenuos y analfabetos, hijos de una miserable aldea de algo más de un centenar de familias. Inés había comenzado a asistir a unas clases de alfabetización, porque sabía que aquellas primeras letras harían que se sintiera más digna y respetada. Yo, por el contrario, me sentía bien con mi rutinaria ocupación de llevar a pastar al rebaño familiar a los cerros cercanos, y no tenía ningún interés por aprender a leer y escribir. Hoy recuerdo con enorme dolor y tristeza, que fue Inés quien venció mi tozudez enseñándome ella misma a leer y escribir, y hoy he decidido mostrarle mi póstuma gratitud escribiendo este libro con mis recuerdos de una primavera republicana y un otoño fascista, en que transcurrió su corta y desdichada vida. Flor rota cuando liban en ella las abejas; cuando la primavera da paso al verano y agitan las tiernas alas las nuevas golondrinas; cuando el relente matutino se hace pronto bochorno abrasador; es decir, en lo mejor de su vida.

Mis recuerdos se remontan a los primeros días de abril de 1931, cuando «con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros», según cantara nuestro inmortal Antonio Machado, Inés subía como de costumbre por el camino hacia el pueblo mientras yo intentaba cuidar un par de docenas de tercas ovejas y una cabra imposible de dominar. Ella venía jugando con su cuaderno de escritura, garabateado por cada espacio disponible, y lo lanzaba al aire como si fuera una cometa, volviéndolo a recoger como si estuviera amaestrado. Al llegar a mi lado se reía, tal vez de mi terquedad de adolescente analfabeto, al tiempo que me miraba provocativa, ensayando esas artes de mujer que surgen de forma natural en todas las adolescentes sin que nadie se las enseñe. Al acercarse parecía como si el viento se agitara con más fuerza, las ásperas jaras parecían florecer, como si fueran madreselvas, y el canto de los monótonos chichipanes parecían ser jilgueros o ruiseñores.

Cuando estaba cerca se sonrojaba, o hacía ver que se sonrojaba, porque Inés nunca tuvo vergüenza de mí, lo que me hacía perder la entereza, como si ella fuera veinte años mayor que yo y supiera todo lo que hay que saber de la vida, mientras que yo, un mocetón de quince años, casi dieciséis, apenas si sabía de dónde venían los niños, porque había visto parir a las ovejas, no sin cierto embarazo, pues me repugnaba la placenta y la viscosidad del cordero recién nacido.

Cerca ya, en el ribazo, a cierta altura de donde estaba yo, Inés se arreglaba su tosco vestido estirando de aquí y de allí, colocándose bien las hombreras y ajustándose el delantal, como si se preparara para una actuación:

—¡Ea, Andrés, no me mires tanto que me vas a desgastar!

Lo decía sabiendo que la miraba de reojo, cuando en apariencia estaba atento a varios corderos que remontaban la ladera en busca de hierba fresca, pero yo ni los veía.

—¿No ves que la cabra se te desmadra?

Era verdad, aquella maldita cabra, que no todas las criaturas deben ser de Dios, se echaba siempre al monte y no había nada que hacer. Para un cuartillo escaso de leche que nos daba al día el trabajo de tenerla junto a las ovejas no compensaba, pero mi padre insistía en tenerla, más por nostalgia que por utilidad. Desde que murió mi pobre madre teníamos aquella cabra díscola e ingobernable como si fuera su alma que seguía en el mundo, y que sólo a ella respetaba. La compró ella misma en el mercado de ganado de Sigüenza, en el otoño del 27, porque quería que a mí no me faltara la leche, aunque fuera de cabra. «Si quieres ser un hombre de bien, y lo serás, aunque tenga que molerte a palos, tienes que beber mucha leche de cabra». Lo decía como si aquella leche fuera el ungüento de confirmar del señor obispo.

—¡Eres un pastor tonto, que no sabe ni tener firme a una cabra vieja! —me recriminaba Inés.

Pero yo sabía que desde que murió mi madre Inés me tenía afecto, pero no sólo por compasión femenina, sino que era por otras razones que mejor no quiero mencionar todavía. Pero disfrutaba martirizándome como si creyera que tenía la obligación de hacerlo. Era como si quisiera reemplazar a mi difunta madre y se propusiera la misión de espabilarme y hacer de mí un hombre de «bien» a base de rapapolvos y recriminaciones, tal y como lo dejo dicho mi pobre madre. Se detenía, metía el cuaderno en el amplio bolsillo del delantal, y me volvía a reprender.

—¿No ves que la cabra se te va al monte?

Yo la silbaba, le gritaba, le arrojaba un guijarro y trataba inútilmente de hacerla volver al rebaño, porque no quería salir en su busca y alejarme de Inés. Ella era mi única alegría en el mundo y esperaba ese momento, cuando regresaba de la escuela, como se espera el sol tras una fría noche de helada. Todo a mi alrededor era silencio y desconsuelo. Mi padre no volvió a sonreír tras la muerte de mi madre; mis tías parecían esperar el momento de entrar en nuestra desangelada y fría casa para alejar de sus semblantes cualquier muestra de alegría, y parecían creerse en la obligación de compadecerse de mí a cada instante. «¡Pobre hijo mío! Sin una madre que lo cuide, ¡cómo va a hacerse un hombre de provecho!». Yo era para todos el «pobre Andresito», el niño sin madre, casi huérfano, porque mi padre parecía ya un cadáver. Los otros niños del pueblo, crueles y despiadados como todos los niños, me mostraban todo aquello que sólo una madre puede hacer, como sus bien remendadas camisas y pantalones, las suculentas meriendas, y me sonreían maliciosamente cuando sus madres los llamaban para recogerse al anochecer. «Vaya, me voy porque me llama mi madre. Claro, tú como no tienes puedes quedarte hasta cuando te de la gana. ¡Vaya suerte!».

Su crueldad era tan inmensa como su ignorancia.

—¡Estoy harto de esa cabra, tan harto que un día… bueno, que no sé lo que haré con ella!

—¡Ni se te ocurra, Andrés! ¡Esa cabra la compró tu madre y tienes que respetarla!

Como todos los demás, al mencionar a mi madre también Inés se creían en la obligación de compadecerse de mí, pero apenas si dejaba ver un instante de melancolía e inmediatamente su rostro volvía a brillar, sus mejillas se encendían y sus labios volvían a sonreír, como si tratara de alejar de sí cualquier pensamiento triste en alguien que parecía haber nacido para hacer propaganda de la alegría. Además, sentía la muerte de mi madre con la naturalidad de un cura que da la extremaunción a un moribundo, porque pienso que quien ama la vida también ama la muerte, de la misma manera que quien se presta a ser mártir puede llegar a ser verdugo.

Yo hacía lo que ella esperaba que hiciera: reunía el rebaño, reducía las aspiraciones revolucionarias de la maldita cabra, y una vez todo en orden, volvía y me sentaba a su lado, como un niño que espera el beso de su madre por su buen comportamiento. Pero ella seguía su metódico sistema de provocar mi dignidad.

Nina & Nano. Historia de dos músicos


PART ONE  THE ENCOUNTER






The journey



Nina paid no attention to what her mother told her. They had been driving the southern highway for over an hour in the direction of a small coastal town, where they planned to spend two weeks of summer vacation. She gazed absentmindedly at the sprawling green vineyards that they were rapidly leaving behind on the other side of the highway. She was struck by the perfect alignment of the plants, where large bunches of grapes should already grow, but which would not yet be mature enough for the harvest. The large farmhouses that housed the wineries and the sumptuous residences of the owners of the extensive vineyards also drew her attention, which she envied, because she would have liked to live in one of those large farmhouses. Other times she would look up and stare ecstatically at the whimsical clusters of white clouds that formed figures that she was trying to identify, such as a large elephant, an angel, an UFO, or a giant with a large, white body.

Her mother tried in vain for her daughter to pay attention to her because Nina did not want to make that trip and did not want to listen to her arguments to justify it.

The extensive vineyards seemed to have no end. At intervals, some gaps were opened, planted with other crops, or lush groves of Mediterranean pines emerged. Other times, roads were opened that led to the mansions, with the margins limited by stylized cypresses, asymmetrically separated from each other, that gave cozy shade to those who circulated or walked through them.

Towards noon the radiant sun shone and the shadows caused by the leafy foliage of the trees fell vertically on the ground. From time to time flocks of wood pigeons crossed the sky, chased by a falcon. Flocks of noisy crows perched on the tops of the erect cypresses, restless, passing from one cypress to another, in an endless territorial struggle.

“Nina, daughter, you are distracted and you don't pay attention to me.”

“I don't care what you're saying!”

“My mother would have slapped me if I had answered that way.”

Nina could not have respect for her mother, because she believed she did not behave like a responsible mother, but like a capricious girl who did what she wanted, regardless of her opinion.

“My grandma would not have made this trip! “Nina replied with an angry expression.

“Your grandma lives in another century!”

It seemed to Nina that the answer made no sense, because in all centuries mothers are the same.

“Well, I keep the century of grandma!”

“But what is strange that we spend two weeks on the beach?”

“Nothing. But you are not going on the beach, but to meet a man who is married!”

“He is very unhappy in his marriage, but his wife does not want to grant him a divorce. They can be said to be separate. What's wrong with my friend?”

“Say rather your lover, and also your boss!”

“Nina, you are very cruel to your mother! You blame me for things you can't understand! There is no shame in having relationships with a man. I am a free and adult woman!”

“You are a divorced woman!”

“And what is the difference?”

“I think you still owe Dad a respect!”

For Nina the divorce was just a separation, but not a rupture.

“Then why did we get divorced?”

“Are you asking me? I do not know!”

“Nina, your father is the most boring person on the planet!”

“It doesn't seem so to me ...”

“I know that you love your father more than me. But someday you will understand. The years fly by, and the youth in a sigh! At the age of fifteen you have no idea what it feels like to look in the mirror and you begin not to recognize the image that appears on the other side. I am 42 years old. Before I know it I will be 50 and then we will no longer need to make these trips, because there will be no man to meet with ... Someday you will understand ...”

Nina felt violent and sad at the same time. She wanted to maintain a good relationship with her mother, but her way of behaving exasperated her that she, just 15 years old and with little experience in life, seemed irresponsible.

Nina tried to imagine herself twenty or thirty years older. Possibly she would look the same as her mother: sagging arms, light double chin, some cellulite on her hips, sagging and sagging breasts. Yes, her mother was right, it must be very painful to grow old with all those symptoms. But that was not enough to justify her behavior. “Everyone grows old,” she thought without taking her eyes off the landscape they were leaving behind, “but they don't behave like her.”

The vineyards had disappeared from the landscape and vast fields of orange and lemon trees were beginning to be seen. These trees were also in perfect alignment on the ground. They had left behind several of the country's most popular tourist cities. The rural landscape of scattered country houses became denser, and from the highway you could see numerous small towns surrounded by orange groves, but also by other kinds of fruit trees adapted to warm areas, such as avocados and mangoes. Nina was tired and hot, but there was no point in opening the window, because the air from the desert in North Africa was so hot and dry it burned on her skin.

“I'm tired, thirsty and hungry!” Nina protested. “Can we stop at the next service area to refresh and eat something?”

A few kilometers away they found a service area. They parked the overheated car and, still numb from several hours of inactivity, entered the restaurant. Nina chose the dish of the day: fresh fish from the local sea and her mother just a simple salad. They took a seat by the large windows from where the heavy traffic on the highway could be seen.

“Is the fish fresh?” Asked the mother to break the silence. Nina nodded with a slight nod.

“I know you like fish more than meat. Where we go you will enjoy the most delicious fish grills in this country.”

Nina understood that her mother wanted to return to the subject they had tried to talk about during the trip.

“Nina, the day after tomorrow my boss will meet us.”

“Your lover!”

“Yes, yes; my lover! But he will only stay three or four days.”

“In our same apartment?”

“Sure! Do you think I could afford an apartment by the sea in one of the most expensive tourist areas in this country?”

“So, has he paid for it?”

“Yes.”

“And, of course, you have to sleep with him!”

“Why do you insist on martyring me? Couldn't you be a little more understanding and avoid telling me things so harshly?”

Nina felt that she had indeed been very hard on her mother, but her behavior was intolerable. However, she apologized.

“Sorry, mom!”

“Well, fine, but you have to understand things and be less fussy, not to say puritanical! You want to be a great singer, who do you think pays for your music classes? With my salary we barely get to eat, get dressed and pay the rent. Yes, it's true, I sleep with him, because the extras are also paid by him. Everyone sleeps with everyone! What is wrong with having sex when you are my age and you are a free woman? I understand that you see things differently, and I'm glad it's the case, but don't be so light judging your mother, just because she knows how to get everything we both need.”

Nina was listening to her mother, but could not agree. There was no justification for her to sleep with a boy if she wasn't in love. But she didn't want to contradict her mother and let her speak without interrupting her.

“When I was your age we women could not do anything without the consent of men. We had no freedom and we could not take the initiative in anything. It was all sin! At the age of fifteen we still wore white socks and it was a whore to wear pants. Now you can dress as you please, you are free to take the initiative and nobody asks you whether or not you are a virgin, because it no longer matters. Would you like those times to return?”

Nina shook her head slightly in denial.

“No, of course not! That is why I do not find it wrong that if two people like each other and want each other, they will have sex without the need a promise of eternal love.. You are free to think otherwise, but at least respect my way of thinking and don't judge me lightly.”

The mother seemed to doubt what she wanted to say next to her confused daughter, but she needed to know.

“Nina, since we will be all together in the apartment we have to do something so that you know when you should or should not enter. I will put the red bath towel on the railing of the terrace so that you know when you should wait on the beach, and when it is not there you will be able to enter. Do you agree?”

That indecent system seemed intolerable to Nina, but for nothing in the world did she want to surprise her mother in bed with a man, so she agreed with an energetic response, which made her discomfort clear.

“Yes, mom, I agree!”

“Well, it's time to continue the trip, we still have many kilometers left, and I wouldn't want to be too late.”

The two women joined the highway and continued the journey without either of them breaking the tense silence created by the restaurant's conversation.

Now the landscape had changed again, and the palm groves were abundant and there were few spaces that were not urbanized. On soft hills there were countless summer houses, with large well-kept gardens, in many cases, with refreshing swimming pools. Twilight reddened the clouds as the sun sank below the horizon, freeing the environment from its suffoc

Nano y Nina



Historia de dos músicos



El viaje



Nina no prestaba atención a lo que le decía su madre. Hacía más de una hora que viajaban en automóvil por la autopista del sur en dirección a una pequeña localidad costera, donde tenían previsto pasar dos semanas de las vacaciones de verano. Contemplaba distraída los verdes y extensos viñedos que iban dejando rápidamente atrás, al otro lado de la autopista. Le llamaba la atención la perfecta alineación de las plantas, donde ya deberían crecer grandes racimos de uvas, pero que todavía no estarían en la madurez necesaria para la vendimia. También llamaban su atención los grandes caseríos que albergaban las bodegas y las suntuosas residencias de los propietarios de los extensos viñedos, que envidiaba, porque a ella le hubiera gustado vivir en uno de aquellos grandes caseríos. Otras veces levantaba la vista y contemplaba extasiada los caprichosos cúmulos de nubes blancas que formaban figuras que ella trataba de identificar, como un gran elefante, un ángel, un ovni o un gigante de cuerpo blanco y voluminoso.

Su madre intentaba en vano que le prestara atención porque Nina no deseaba hacer aquel viaje y no quería escuchar sus argumentos para justificarlo.

Los extensos viñedos no parecían tener fin. A intervalos, se abrían algunos claros, sembrados con otros cultivos, o surgían frondosas arboledas de pinos mediterráneos. Otras veces se abrían caminos que conducían a las mansiones, con los márgenes limitados por estilizados cipreses, milimétricamente separados unos de otros, que daban acogedora sombra a los que circulasen o caminasen por ellos.

Hacia el mediodía lucía un sol radiante y las sombras que causaba el frondoso follaje de los árboles caían en vertical sobre el suelo. De vez cuando cruzaban el cielo bandadas de palomas torcaces, perseguidas por algún halcón. Sobre las copas de los erguidos cipreses se posaban bandadas de ruidosos cuervos, inquietos, pasando de un ciprés a otro, en una interminable lucha territorial.

—Nina, hija, estás distraída y no me prestas atención.

—¡Es que no me interesa lo que me estás diciendo!

—Mi madre me hubiera dado una bofetada si le hubiera contestado de ese modo.

Nina no podía sentir respeto por su madre, porque creía que no se comportaba como una responsable madre, sino como una niña caprichosa que hacía lo que le venía en gana, sin tener en cuenta su opinión.

—¡Mi abuela no hubiera hecho este viaje! —respondió Nina con una expresión airada.

—¡Tu abuela vive en otro siglo!

Nina le pareció que aquella respuesta no tenía sentido, porque en todos los siglos las madres son iguales.

—¡Pues yo me quedo con el siglo de los abuelos!

—Pero ¿qué hay de extraño que pasemos dos semanas en la playa?

—Nada. Pero no vas por la playa, sino para reunirte con un hombre ¡que está casado!

—Es muy desgraciado en su matrimonio, pero su mujer no le quiere conceder el divorcio. Puede decirse que están separados. ¿Qué hay de malo que sea su amigo?

—¡Di más bien su amante, y además tu jefe!

—¡Nina, eres muy cruel con tu madre! Me censuras cosas que tú no puedes entender! No hay que avergonzarse por tener relaciones con un hombre. ¡Soy una mujer libre y adulta!

—¡Eres una mujer divorciada!

—¿Y cuál es la diferencia?

—¡Creo que todavía le debes un respeto a papá!

Para Nina el divorcio era tan solo una separación, pero no una ruptura.

—¿Entonces, por qué nos divorciamos?

—¿A mí me lo preguntas? ¡Yo no lo sé!

—Nina, ¡tu padre es la persona más aburrida del planeta!

—A mí no me lo parece...

—Ya sé que tú quieres a tu padre más que a mí. Pero algún día lo entenderás. Los años pasan volando, ¡y la juventud en un suspiro! Con tus quince años no tienes ni idea lo que se siente cuando te ves en el espejo y empiezas a no reconocer la imagen que aparece al otro lado. Tengo 42 años. Antes de que me dé cuenta habré cumplido los 50 y entonces ya no tendremos necesidad de hacer estos viajes, porque no habrá ningún hombre con el que reunirme... Algún día lo entenderás...

Nina se sentía violenta y triste a la vez. Deseaba mantener una buena relación con su madre, pero le exasperaba su manera de comportarse, que ella, con solo 15 años y poca experiencia de la vida, le parecía irresponsable.

Nina trató de imaginarse a sí misma veinte o treinta años más vieja. Posiblemente tendría el mismo aspecto que su madre: flacidez en los brazos, ligera papada, algo de celulitis en las caderas, los senos flácidos y caídos, algunos michelines en la cintura. Sí, su madre llevaba razón, debía ser muy doloroso envejecer con todos esos síntomas. Pero eso no era suficiente para justificar su comportamiento. «Todo el mundo envejece —pensó sin apartar la vista del paisaje que iban dejando atrás—, pero no se comportan como ella».

Los viñedos habían desaparecido del paisaje y empezaban a verse extensos campos de naranjos y limoneros. También estos árboles guardaban una perfecta alineación sobre el terreno. Habían dejado atrás varias de las ciudades de turismo más populares del país. El paisaje rural de casas de campo diseminadas se hacía más denso, y desde la autopista se podían divisar numerosas pequeñas poblaciones rodeadas de campos de naranjos, pero también de otra clase de árboles frutales adaptados a zonas cálidas, como aguacates y mangos. Nina estaba cansada y acalorada, pero no servía de nada abrir la ventanilla, porque el aire, procedente del desierto del norte de África, era tan tórrido y seco que ardía en la piel.

—¡Estoy cansada, sedienta y hambrienta! —protestó Nina—. ¿Podemos parar en la próxima área de servicio para refrescarnos y comer algo?

A pocos kilómetros de distancia encontraron un área de servicio. Aparcaron el recalentado automóvil y, todavía entumecidas por varias horas de inactividad, entraron en el restaurante. Nina eligió el plato del día: pescado fresco del mar de la zona y su madre solo una sencilla ensalada. Tomaron asiento junto a los ventanales desde donde se divisaba el denso tráfico de la autopista.

—¿Está fresco el pescado? —preguntó la madre para romper el silencio. Nina asintió con un leve movimiento afirmativo de cabeza.

—Sé que te gusta más el pescado que la carne. Donde vamos disfrutarás de las más deliciosas parrilladas de pescado de este país.

Nina comprendió que su madre deseaba retomar el tema del que habían intentado hablar durante el viaje.

—Nina, pasado mañana se reunirá con nosotras mi jefe.

—¡Tu amante!

—¡Sí, sí; mi amante! Pero solo se quedará tres o cuatro días.

—¿En nuestro mismo apartamento?

—¡Claro! ¿Crees que yo podría pagar un apartamento al borde del mar en una de las zonas turísticas más caras del este país?

—Entonces, ¿lo ha pagado él?

—Sí.

—¡Y, claro, te tienes que acostarte con él!

—¿Por qué te empeñas en martirizarme? ¿No podrías ser un poco más comprensiva y evitar decirme las cosas con tanta dureza?

Nina sintió que, en efecto, había sido muy dura con su madre, pero su comportamiento era intolerable. No obstante se disculpó.

—¡Perdona, mamá!

—Bueno, está bien, pero tienes que comprender las cosas y ser menos quisquillosa, por no decir ¡puritana! Tú quieres ser una gran cantante, ¿quién crees que paga tus clases de música? Con mi sueldo apenas nos llega para comer, vestirnos y pagar el alquiler. Sí, es verdad, me acuesto con él, porque los extras los pagan también él. ¡Todo el mundo se acuesta con todo el mundo! ¿Que hay de malo en hacer el amor cuando se tiene mi edad y se es una mujer libre? Comprendo que tú veas las cosas de otra manera, y me alegro de que sea así, pero no seas tan ligera juzgando a tu madre, solo porque sabe cómo conseguir todo lo que las dos necesitamos.

Nina escuchaba a su madre, pero no podía estar de acuerdo. Para ella no había justificación para acostarse con un chico si no estaba enamorada. Pero no quería contradecirla y la dejaba hablar sin interrumpirla.

—Cuando yo tenía tu edad era como tú, además de que eran otros tiempos. Las mujeres no podíamos hace nada sin el consentimiento de los hombres. No teníamos libertad ni podíamos tomar la iniciativa en nada. ¡Todo era pecado! Con quince años todavía llevábamos calcetines blancos y era de fulanas llevar pantalones. Ahora os podéis vestir como os dé la gana, sois libres de tomar la iniciativa y nadie os pregunta si sois o no vírgenes, porque ya no tiene importancia. ¿Te gustaría que volvieran aquellos tiempos?

Nina hizo un leve gesto de negación con la cabeza.

—¡No, claro que no! Por eso yo no encuentro mal que si dos personas se gustan y se desean hagan el amor sin necesidad de que se prometan amor eterno. Tú eres libre de pensar de otra manera, pero al menos, respeta mi manera de pensar y no me juzgues a la ligera.

La madre parecía dudar de lo que deseaba decir a continuación a su confundida hija, pero era necesario que lo supiera.

—Nina, como estaremos todo juntos en el apartamento tenemos que hacer algo para que sepas cuándo debes o no entrar. Yo pondré la toalla de baño roja en la barandilla de la terraza para que sepas cuando debes esperar en la playa, y cuando no esté ya podrás entrar. ¿Estás de acuerdo, Nina?

A Nina le pareció intolerable aquel indecente sistema, pero por nada del mundo deseaba sorprender a su madre en la cama con un hombre, así es que asintió con una enérgica respuesta, que dejaba claro su malestar.

—¡Sí, mamá, estoy de acuerdo!

—Bueno, es hora de seguir el viaje, aún nos quedan muchos kilómetros, y no quisiera llegar muy tarde.

Las dos mujeres se reincorporaron a la autopista y prosiguieron el viaje sin que ninguna de ellas rompiera el tenso silencio creado por la conversación del restaurante.

Ahora el paisaje había vuelto a cambiar, y eran abundantes los palmerales y había pocos espacios que no estuvieran urbanizados. Sobre suaves lomas surgían infinidad de casas de veraneo, con amplios jardines bien cuidados, en muchos casos, con refrescantes piscinas.

El crepúsculo enrojecía las nubes mientras el sol se hundía en el horizonte, liberando el ambiente de su sofocante influencia.

A pocos kilómetros de su destino, salieron de la autopista y circulaban por una angosta carretera, a cuyos lados se veía un mar de plástico de cientos de invernaderos, debajo de los cuales maduraban con urgencia hortalizas que invadirían los supermercados del norte de Europa.

Era frecuente encontrarse con trabajadores de los invernaderos, de aspecto árabe, caminar por los arcenes de la carretera, o montados en destartaladas bicicletas, por lo que conducir por aquellas carreteras era un peligro constante.

Por fin remontaron una suave loma desde donde divisaron la población de su destino. Ya lucían las escasas farolas callejeras, y una brillante luna llena iluminaba la pequeña bahía en donde se asentaban una línea de apartamentos a escasos metros de la playa.

Sobre la ladera por donde descendían había espectaculares casas de veraneo, muchas de las cuales estaban iluminadas y sus afortunados residentes, descansaba indolentes sobre tumbonas en sus amplias terrazas. Las dos mujeres se sintieron aliviadas y admiradas de la belleza del lugar elegido, pero cada una tenía una causa diferente.

—¡Qué maravilla de pueblo! ¡Vamos a intentar disfrutar de este precioso lugar sin complicarnos la vida! ¿Vale, Nina?

Nina no contestó, porque no compartía el mismo entusiasmo que su madre por las expectativas de unas vacaciones inolvidables, pero también se sintió sobrecogida por la belleza del paisaje.

El pueblo, ahora dedicado en exclusiva al turismo, había sido una insignificante aldea dedicada enteramente a la pesca, porque el terreno era demasiado reseco y árido como para permitir cualquier clase de cultivos. En sus laderas crecían chumberas silvestres, llegadas de México cinco siglos atrás, y que prosperaban con amenazante profusión por todo el terreno colindante.

Cuando entraron en la calle principal, que moría en la misma playa, todavía estaban abiertos los dos restaurantes del lugar. Sus acogedoras terrazas, iluminadas con farolillos chinos, estaban ocupadas por relajados turistas y residentes de las mansiones de la ladera.

La brillante luz de la luna llena, se reflejaba en una escarpada costa, al final de la playa, que se asemejaba a la gigantesca cabeza de un gigante surgido del mismo mar. En el horizonte se veía el destello de las luces de los faroles chinos que atraían a las valiosas agujas, de las pocas barcas de pesca que quedaban en el pueblo.

A esas horas de la noche todavía permanecían algunos veraneantes tendidos sobre la arena, contemplando aquel sobrecogedor paisaje, o el débil resplandor de unas estrellas ocultadas por la bruma que quedaba suspendida en el aire, tras un caluroso día de verano.

Su apartamento estaba en la primera línea de mar, a pocos metros de una playa de arena dorada. Lo más destacado era la amplia terraza, con vistas directas sobre la playa y el inmenso mar, que se comunicaba con un amplio y luminoso salón a través de unas grandes puertas correderas acristaladas.

La madre de Nina sugirió que un baño caliente les quitaría el cansancio del viaje y estarían en mejor estado para terminar aquel primer día de sus vacaciones cenando al aire libre en alguno de aquellos concurridos restaurantes. Pero Nina prefería una ducha rápida para irse a dormir lo antes posible. La madre aceptó su sugerencia y tras ducharse y cambiarse de ropa, acudieron al restaurante.

—¿Te sientes más animada ahora? ¿No es un lugar ideal para unas vacaciones? Mañana pasaremos todo el día en la playa, y almorzaremos una enorme y deliciosa parrillada de pescado. ¿No es eso lo que te gusta?

Nina sabía que su madre intentaba complacerla para que aceptara la situación de la mejor manera posible, pero ella seguía creyendo que no serían unas vacaciones felices, y no ocultaba su negativo estado de ánimo.

—Para ti serán buenas, pero para mí no. Hubiera preferido haberme quedado con los abuelos. No sé por qué te empeñaste en que te acompañara.

—¿Pero cómo puedes decir que no te sientes bien en un lugar como este? Soy tu madre, pero francamente, Nina, ¡no te entiendo! No conozco a nadie que no se muera de ganas por pasar unos días en este paraíso. ¿No te gusta la playa? Cuando tenías 10 años llorabas cuando llegaba el último día de las vacaciones, ¡y eso que íbamos a unas playas horribles!

—¡Estaba también papá!

—¡Ya salió tu padre a relucir! ¿Es que nunca vas a aceptar que estamos divorciados? ¡Hay millones de matrimonios divorciados con hijas como tú en el mundo, y lo aceptan con resignación, ¡los padres no somos perfectos! Hija, dame una tregua, y disfrutemos de estas cortas vacaciones! ¿De acuerdo?

—Lo intentaré.

—Con eso me conformo.