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28 febrero, 2020

Audio-libros: "Asesinos" del estilo literario

Foto :pixabay.com
Yo me había hecho la ilusión de no dejar nunca de ser “moderno”. Esto no quiere decir que me haga la cirugía estética para quitarme las patas de gallo y la papada, ni gastar una millonada en “fitness”, o conducir un “Smart”.
No; simplemente creía que uno era moderno si tenía la mente despierta, los ojos bien abiertos y un espíritu generoso, ¡pero no es así! Aunque me cueste aceptarlo, debo considerar la posibilidad de que me esté quedando anticuado. La razón es esta:

La primera vez que vi en una librería la nueva sección de “audio-libros” me dije: “Hombre, que buena idea. Pones tu CD, pasas de las gafas de vista casada, apagas la luz, y alguien te cuenta un libro. ¡Genial!”. Por entonces yo era más moderno que ahora, porque ahora ya no pienso igual. Los audio-libros, o literatura digital, son auténticos asesinos de los estilos literarios.

La literatura escrita, la de toda la vida, consiste en la transmisión silenciosa de unas escenas y diálogos desde el “silencio” del autor al “silencio” del lector. Entre estos dos silencios existe un “médium”, la imaginación, donde se proyectan de forma prodigiosa las imágenes, los sonidos y hasta los perfumes contenidos en la lectura.

La imaginación es un “fenómeno” común a todas las cosas vivas, que no tiene nada que ver con la conciencia ni con el cerebro. Es un espacio “mágico” desarrollado gracias precisamente a la creatividad de la mente, o más propiamente dicho, del espíritu: cuanto más leemos, o soñamos, más imaginamos. Por eso los autores, antes de la era digital, nos esforzamos en contar cosas de forma que estimule sobre todo la imaginación de nuestros lectores.

Para ello necesitamos recurrir a ciertos trucos. El primero es elegir las palabras adecuadas; el segundo es construir oraciones que expresen con el mejor ritmo posible la intensidad de nuestros sentimientos; el tercero es ser capaces de expresar una idea, emoción o escena de la forma más musical y elocuente posible. Con estas tres normas tenemos lo que antes se llamaba el “estilo literario”.

Ahora bien: si alguien te cuenta el libro, ya tenemos una voz que sugiere un carácter, por lo que el autor “moderno” se ahorra contarnos cosas sobre el tono de voz del personaje. Pero esa voz trasmite muchos más matices del personaje que interpreta, y si, para colmo, es un mal actor, nos trasmite una “pobre idea, imagen o sensación” del personaje de la novela. En otras palabras, que el autor está en manos de la sensibilidad del actor que lee su obra.

Sólo ciertas abuelas y abuelos tienen la voz adecuada para leer libros a los niños, pero ningún actor puede suplir la poderosa imaginación del lector, que a través de la lectura es capaz de “escuchar” la voz de sus personajes de forma prodigiosa, tanto más matizada cuanto mejor sea el estilo del autor. Esto desaparece con los audio-libros, de ahí que los califique de “asesinos del estilo literario”.

Al menos una novela llevada al cine es una “versión cinematográfica”, pero no pretende ser la novela misma convertida en imágenes, lo que sería simplemente imposible de conseguir. Pero los audio-libros no pretenden ser una “versión audiofónica” de las obras, sino las obras misma habladas. No hay un director responsable de la adaptación porque no pretende ser una adaptación. La “Muerte en Venecia” de Luchino Visconti no es la “Muerte en Venecia” de Tomas Mann, sólo una aceptable e italianizada versión de su novela.

La nueva literatura digital tiende a suprimir el estilo a cambio de contar historias más o menos entretenidas de la forma más simple y directa posible. Si “arrumacos literarios” ni complicaciones lingüísticas de ninguna clase. Cuanto más simple es su estilo más posibilidades tiene de llegar al “gran publico” y convertirse en un “superventas”, y, por la misma razón, ofrece menos dificultades para su adaptación “audiofónica”.

La llamada sociedad del ocio tiene un problema: no sabe qué hacer con el ocio, y por alguna razón la mente debe de estar siempre ocupada en algo. Nuestros abuelos no eran más desdichados que nosotros, pese a que en su mayoría trabajaban de sol a sol. Es decir, sufrían más, pero no eran más infelices. La infelicidad es la causa de la falta de imaginación, cuanto menos imaginamos más infelices somos. Por eso la literatura, la de antes, era una de las pocas causas de felicidad, porque estimulaban nuestra imaginación. ¡Ahora nos lo dan todo ya imaginado!

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