Añoranzas



Añoro

Añoro las cintas de tu pelo,
la gracia de tu cintura,
el color de tu mirada,
el candor de tu sonrisa,
el sabor de tu besos,
el calor de tus caricias.

Añoro las rosas de tu jardin,
el agua clara de tu manantial,
la suabe luz de tu amanecer,
la loca pasión de tu atardecer.
Y los ocultos deseos 
de tu sensual anochecer.

Añoro los senderos,
por donde paseabamos los dos,
bajo los almendros en flor,
escuchando el canto del ruiseñor,
en las noches blancas
de lunas llenas de ilusión,

Añoro aquellos años,
horas, minutos y segundos,
que pasamos juntos,
sin conocer el pasado,
solo un eterno presente,
y sin temor a la muerte.

Añoro mis poesías de entonces,
sin añoranzas ni recuerdos,
sin soledades ni nostalgias,
tan solo versos inspirados
por tu sencilla belleza,
y la elocuente naturaleza.

Berlín, un dia cualquiera, de cualquier mes y cualquier año.



 Hoy es el día señalado 

Hoy es el día señalado 
para escribir el poema 
con el que siempre he soñado.  
 
Hoy he recordado aquellos días sin tiempo. 
Cuando llevabas la primavera en el rostro
y la cálida brisa estival en tus labios. 

Hoy, cuando me tiemblan las manos
que se enredaban entre tus amistosos cabellos
en aquellas largas veladas en el paraíso. 

 Hoy, que mi vista se aleja de mis ojos
Y mis pasos no encuentran el sendero
Quiero escribir mi poema más sincero. 

Hoy, que mis amaneceres ya son inciertos
Y la noche me tiende su oscuras manos
con la que me trato ya como hermanos,

Hoy quiero dejar en tu memoria
una flor que no se marchite
Un recuerdo que no se olvide. 

Hoy quiero escribir el poema soñado
Para estar siempre a tu lado 
Cuando mi voz se haya apagado. 

Hoy es el dia señalado por mi destino 
para jugar con la vida mi última partida 
Aunque ya sé que ya está perdida. 


Aquellos felices años

En aquellos felices años conocíamos el nombre de todas las flores.
Caminábamos descalzos, cogidos de la mano como dos ángeles distraídos.
bebíamos el agua fresca de los manantiales de un cielo estrellado.
Nuestros juegos eran simples, y estaban llenos de sonrisas y de tiernas palabras.
Conocíamos la felicidad en su propio lugar de residencia,
un piso más arriba donde habitan el dolor y la tristeza,
Y dos pisos más abajo de la soledad y la amargura.
Todos éramos jóvenes excepto algún renegado que se obstinaba en ser viejo.
Teníamos domingos cubiertos de delicadas rosas y de perfumadas lavandas,
así como amaneceres de terciopelo y sedas antiguas de la legendaria China.
Guardamos en nuestros corazones importantes secretos
de silencio compartido
y leíamos los libros prohibidos y algún que otro profusamente bendecido.
Éramos en pocas palabras, una generación perdida en el laberinto de un sueño imposible


Berlín, en septiembre del.año.de la epidemia