https://www.biografiasyvidas.com/biografia/b/baroja.htm
PIO BAROJA

(San Sebastián, 1872 - Madrid, 1956) Escritor español. Junto con Miguel de Unamuno, Azorín y Ramiro de Maeztu, fue uno de los principales representantes de la «generación del 98», así llamada por el impacto que tuvo en sus miembros la pérdida de las últimas colonias españolas (el «desastre del 98»), en forma de dolorosa toma de conciencia de la decadencia en que se hallaba sumida el país. Dentro del grupo, Baroja sobresale como su más eximio novelista, con una producción orientada hacia temas existenciales y sociales, aunque también es apreciado por otra vertiente de su obra, la narrativa de acción y de aventura Leer más en Biografía y Vida >>

20 noviembre, 2019

Los enemigos de Cervantes (Lucía Etxebarría)

https://www.amazon.es/Los-enemigos-Cervantes-Premios-literatura/dp/1091367132/ref=sr_1_15?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&keywords=jaime+despree&qid=1575203926&s=books&sr=1-15

223 páginas - 9,99 € - Comprar en Amazon - Ver el resumen

 Lucía Etxebarría
«UN   MILAGRO DE EQUILIBRIO»
Premio Planeta en 2004

Ya no sólo es que en España se esté escribiendo mala literatura o «literatura basura», es que, además, y en algunos casos, es «grosera» y atenta descaradamente y sin miramientos contra los más elementales principios de la dignidad humana, como es el caso de este libro.
La verdad es que cuando llegó el momento de abrirlo ya empecé a considerar si no sería mejor ahorrarme nuevos disgustos y dejar el ensayo donde estaba y no intentar ni siquiera leer más «basuratura», que, además era grosera, insensible, agresiva, «deslenguada» y deshonesta, como es el caso de este libro, ¡Premio Planeta 2004!
Pero ya que estamos en harina intentemos hacer algún pan, por poco digestible que resulte.
La Etxebarría «introduce» al lector con una cita de un tal Shahrukh Husain, que debe ser muy conocido en su tierra, pero yo no tenía ni idea de su existencia, y ahora ni siquiera tengo interés por saber si realmente existe, que dice:
«En la mitología de diversas culturas y en el pensamiento feminista pagano, la Diosa representa tres fases de la vida de la mujer que se corresponden con el ciclo lunar: La luna nueva es la virgen, la llena es la mujer sexualmente productiva que suele describirse como madre y prostituta, y la menguante la vieja. Sus adoradores han dado el título de Triple Diosa a esta manifestación de la divinidad».
Si el lector no se ha percatado ya de los «horrores» que contiene este párrafo citado, debe de estar ya tan contaminado de «basuratura» que tal vez no sea necesario que se lo haga ver yo. De todas formas, como me he propuesto ser paciente y guardar las formas, lo haré. El horror principal está en unir «madre y prostituta». ¿Cómo es posible que los bien pensadores miembros del jurado y los responsables de la editorial Planeta, que sin duda deben tener en alta estima a sus respectivas madres, permitan que una chica descarada y deslenguada reproduzca una cita al inicio de su libro que dice que en «ciertas culturas» las madres son sinónimo de prostitutas? ¿Cómo es posible que la Iglesia católica, que ha puesto el grito en el cielo por la hipótesis de que Jesús fuera un ser humano como los demás, pase por alto que la misma «madre de Dios» pueda ser sinónimo de «prostituta»? ¿Por qué Lucía (mal nombre para sus pocas luces) Etxebarría ha traído a colación en la primera página de su supuesta novela una cita de alguien que debe pertenecer a una cultura no cristiana y, por tanto, totalmente fuera de contexto, en la que, al parecer, en «ciertas culturas» las madres son iguales a las prostitutas? Incluso yo, que soy un perfecto agnóstico y poco dado a las moralinas, que admito cualquier confesionalidad religiosa, porque considero que en el fondo, más o menos dogmáticas o fanatizadas, todas persiguen cierta clase de virtud y moralidad, esta cita, por muy de otra cultura que sea, me hiere profundamente mi sensibilidad, no sólo de escritor por la propia sugestión de las palabras, que eso ya lo veremos después, sino de ser humano, o mejor, de persona con un mínimo de respeto por la maternidad y sus fascinantes cualidades morales.
Por supuesto que no tengo nada en contra las prostitutas, es más, ni siquiera las considero «indecentes», tal y como he argumentado en otra parte de este ensayo, pero no tiene sentido, ni ético ni estético, «mezclar» en una misma frase ambas ideas, que se rechazan tan enérgicamente la una de la otra. Es ya una auténtica barbaridad fonética unir con una conjunción copulativa «madre y prostituta».
Después de leer esa cita uno queda totalmente desconcertado y desplazado, sin saber a qué atenerse ni qué sentido puede tener esa cita para el resto de la novela. ¿Acaso nos hablará de cierta mujer que evoluciona de virgen a madre y prostituta y luego envejece? ¿Será ese el sentido de la cita? Y si no, ¿cuál puede ser? Porque toda cita inicial de un libro «necesariamente» debe guardar relación con el libro donde se cita.
Tal vez ahora convenga detenernos un momento en tratar de ver la utilidad real de las citas, que suelen estar presentes en casi todas las novelas, y las que no lo son.
La cita inicial de una novela pretende ser la «esencia misma de la novela», lo que suele ofrecer grandes dificultades a la hora de encontrarlas. A veces la propia cita influye considerablemente en el desarrollo posterior de la novela. Tolstoi, en una de sus últimas novelas, «Resurrección», que ya preconizaban su crisis espiritual, cita varios pasajes del Evangelio de San Mateo, cuidadosamente elegidos, en los que trata de hacernos ver la necesidad del perdón, del arrepentimiento, la renovación y, finalmente, la «resurrección» moral de la persona redimida de sus pecados tras una larga y dolorosa penitencia. ¡Esa es la trama de la novela y el mensaje que Tolstoi quería enviar al lector con ella! Las citas quieren dejar claro que alguien «superior a nosotros ha hecho o dicho algo que contiene todo cuanto nosotros podamos decir».
Nuevamente recurro a mi propia experiencia como escritor y puedo contar de qué «curiosa» manera surgieron las dos citas previas de mi novela «La guerra de Inés». Cuando ya tenía la novela «totalmente interiorizada» no podía comenzarla porque no encontraba los nombres de los protagonistas, de manera que los propios nombres sugirieran al lector parte de la trama, el tono y hasta el entorno. Pasaron días y hasta semanas y los nombres no aparecían, hasta que un buen día no sé cómo cayó en mis manos la cancioncilla infantil «Tres hojitas madre». No voy a desvelar el argumento de la novela, pero inmediatamente comprendí que estaba resumido en aquellas tres simples y hermosas estrofas: las hojas frescas, el viento que las agita y la sequedad y muerte del árbol, ¡Asombroso! Por tanto, el personaje femenino ya tenía nombre y acababa de nacer para la literatura, se llamaría «Inés».
Pero faltaba el apellido, y volvió a surgir el problema, porque sin apellido no se puede ir por el mundo, ni siquiera por el literario. Así es que, otra vez atascado y sin poder empezar. Pero, gracias a otro «golpe de suerte» (la suerte es esa ayudante misteriosa que tenemos los que somos incapaces de ser metódicos y ordenados) que calló en mis manos este verso del poeta uruguayo, «vocero» del pueblo, Fernán Silva Valdés:
«Los tres hermanos Valiente / los tres a la misma hora / murieron el mismo día / naciendo para la gloria»
¡Inés ya tenía apellido: se llamaría «Inés Valiente»! Cuando terminé la novela comprendí que parte de la «fuerza dramática» de la obra se la debía a Silva Valdés y al autor anónimo de la cancioncilla infantil «Tres hojitas madre». ¡Ésa es la función de las citas en una novela!
Por tanto, la cita que elige la Etxebarría sin duda que si nos atenemos a esta norma tiene sugerencias tenebrosas y desconsideradas para con las mismas mujeres, a las que trata de «lunáticas» e inevitablemente «prostitutas».
Pero no queda aquí el despropósito de la cita, sino que todavía tiene flecos como para escribir otro libro. Para empezar, es poco profesional decir «diversas» culturas, porque algo tan grave debe matizarse y especificar a qué culturas se refiere en concreto. Es como decir que «en ciertas culturas se comían los unos a los otros». Es una «vaguedad» a propósito para no comprometerse con nadie en particular, lo que descalifica a quien la menciona. Después, atención que esto va por las propias mujeres, dice que «en el paganismo feminista».
Que yo sepa, pero las mismas mujeres deberían saberlo mejor que yo, el «feminismo» es un concepto «occidental» y tiene su origen en las «sufragistas», o las primeras mujeres que lucharon por conseguir el derecho al voto, que sucede en los Estados Unidos en el siglo XIX, concretamente en Nueva York, cuyo trágico suceso de la quema de una fabrica textil en Manhattan se considera como el inicio del movimiento propiamente «feminista».
Pero, por otro lado, ¿a qué paganismo se refiere? Porque el paganismo es una idea «cristiana», que considera como «paganos» a todo aquel que no creen en el Dios de los cristianos, la divinidad de Jesucristo y el misterio de la Santísima Trinidad. ¿Cómo la Etxebarría puede ignorar tantas cosas de sí misma y de su entorno cultural, que es el occidental y cristiano? Por último, está esa otra atrocidad de «la mujer sexualmente productiva». ¿Es que las mujeres son máquinas sexuales de producir hijos? ¡Pero mujer, lo correcto es decir «sexualmente madura»! La sexualidad «madura» no «produce», que es una forma burda, «machista» y totalmente desconsiderada de definir a una mujer «sexualmente madura», ¡y es que no se puede decir de otra manera!
Ya hubiera devuelto el libro a donde estaba, porque con aquella cita ya tenía bastante, pero parecía un despropósito «tirar la toalla al primer asalto», y me propuse armarme de santa y bendita paciencia, es decir, superando mi propio natural que me pedía a gritos acabar con aquel suplicio y me atreví a pasar la página ¡Mejor que no lo hubiera hecho! Ahora sé de dónde viene el dicho ¡tienes más paciencia que un santo!, porque, a pesar de que nunca seré canonizado y ni siquiera propuesto para la santidad, con la lectura de esta segunda cita ¡
me gané de sobra el derecho a compartir gloria y éxtasis con ángeles y arcángeles!
«Oxitocina: La oxitocina influye en funciones básicas como el enamoramiento, el orgasmo, el parto, y la lactancia. En el periodo de celo, muchos mamíferos (especie humana incluida) y algunas aves producen químicamente esta hormona, tanto desde el cerebro como desde los genitales (ovarios y testículos).»
Primera pregunta urgente y necesaria: ¿Es Lucía Etxebarría realmente de la «especie humana», o no será una «extraterrestre» camuflada? ¡Me niego en redondo a que esta autora me diga que mis amores, lo más hermoso y digno de recordar de mi pasado, y que han sido una de mis mejores fuentes de inspiración, fueron en realidad fruto de la «Oxitocina», que al parecer, segregué en los testículos y en el cerebro sin apenas darme cuenta, al igual que algunas aves, cuando estaba en celo!
Por si esto no fuera suficiente, está la «impertinencia» de meternos a los «verdaderos seres humanos» en sus elucubraciones, sin la menor autoridad ni científica ni moral. Y, para colmo, está la matización de «genitales» con la aclaración entre paréntesis (ovarios y testículos). Finalmente, y si nos atenemos a las citas, la novela va de una mujer lunática, que por culpa de la «Oxitocina» pierde la virginidad, se queda embarazada y se mete a prostituta. Si no es así, ¿qué sentido tienen esas dos citas iniciales? No es que la Etxebarría con estas inapropiadas citas «eche a perder la novela», es que «no hay novela que echar a perder». Y si no veamos el primer párrafo:
«Voy a empezar esta historia con el título de una canción de los secretos que decía Soy como dos.»
Lo correcto hubiera sido decir «voy a empezar esta historia citando el título de...», porque la novela ¡ya tiene título! Además, ¿quiénes o qué son Los Secretos? Sigamos:
«...y te voy advirtiendo, querida, queridísima, juguete mío, bomboncito de licor con guinda, luz de donde el sol la toma y, ya de paso, de todos los flexos eléctricos de esta casa...»
Pero, ¿quién advierte a quién: Los Secretos en su canción o un supuesto personaje que no sabemos todavía nada de él? ¿Aqué viene tanta expresión pueril, ñoña, chabacana, y hasta machista? ¿Es que la Etxebarría tampoco sabe que el sol no toma luz de ningún sitio, sino que la produce él mismo por fisión? ¿Es que colecciona flexos de luz eléctrica en su casa? ¿Cómo se puede rebajar tanto a la amante poniéndola primero a la altura de la luz que debe «reflejar» el sol para después rebajarla a la de sus flexos eléctricos? ¿De qué la está advirtiendo?
¡Por el amor de Dios!, ¿es que esta mujer ha perdido el juicio? ¡Y qué decir del jurado que le dio el premio Planeta del 2004! ¿Es que hemos perdido en España todos el juicio? En definitiva, que tal y como me sucedía hace treinta años, vuelvo a cerrar el libro antes de concluir el primer párrafo y a dejarlo donde estaba, rogando para que ningún desprevenido joven interesado en la literatura tenga la desgracia de comprarlo, o incluso, pedirlo prestado en una Biblioteca pública, donde seguro que la editorial Planeta, a través de sus «buenos oficios y contactos» habrá conseguido colocar unos cientos de ejemplares.
Este es un ejemplo puro de «literatura basura» sin que haya posibilidad alguna de salvar ni el «milagroso» título. Es, además, un ejemplo vergonzante de cómo ciertas editoriales han caído en el más absoluto descrédito convirtiendo sus «premios» en marchamo seguro de «basuratura», y una de las causas de la destrucción del gusto por la lectura de los españoles. ¡Esto no es una novela ni Lucía Etxebarría es una escritora! Pero no me atrevo a calificarla porque, teniendo en cuenta el total desconocimiento que tiene del mundo que le rodea, incluido parte del cósmico, como decía, tengo la sospecha que se trata de ¡una extraterrestre!

280 páginas - 11,95 € - Cómpralo en Amazon

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