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14 noviembre, 2019

Berlín en otoño: sinfonía en rojo escarlata

Berlín es tan arbolada y hay tantos parques y jardines que es fácil de apercibirse de la llegada del otoño por el policromado tono de las hojas de los árboles y arbustos.

En la mayoría de los árboles sus hojas al perder la clorofila pasan del verde al amarillo y se marchitan, pero algunos, como los viejos robles y ciertas plantas trepadoras, se tornan de un rojo escarlata intenso y brillante, sobre todo en días lluviosos, difícil de describir.

Pero éste no es un artículo de botánica sino una breve reflexión en torno al otoño y la relación de esta melancólica estación con nosotros mismos y nuestro comportamiento personal y social.

A mí personalmente me gusta el otoño por su melancolía, sensación de paz, policromía natural y, sobre todo, por esa hora mágica del crepúsculo, cuando sobre los lagos de los parques se levanta una ligera bruma que convierte el paisaje en una escena típica de los cuentos de magos, hadas y encantadores, tan populares en estas latitudes.

En mis habituales paseos por el parque a esa mágica hora de la tarde, acompañado de fieles e infatigables corredores (algunos demasiado mayores, que más que correr parece que se arrastran), andarinas obsesivas (la mayoría son mujeres) y alguna pareja que sabe aprovechar el romanticismo propio del ambiente, me entretengo en reflexionar sobre la relación entre el otoño de la naturaleza y el personal nuestro.


Creo que el otoño de los seres humanos, tal vez entre los 55 y los 70 años, es sin duda alguna la época más interesante de nuestra existencia. ¡Lástima que sea precedida por el invierno! Hago esta afirmación por propia experiencia personal, pues sólo durante estos años he tenido la oportunidad de comportarme y actuar tal y como es mi deseo, sin hacer concesiones a convencionalismos, familia, tradiciones o cualquier otra influencia negativa. De hecho la mayoría de mis libros los he escrito durante esta época.

Las claves para un “otoño feliz”, y siempre según mi propia experiencia, son éstas:

. Ser capaces de reírnos de nuestra sombra por muy mala que sea; es decir, tener sentido del humor.

. Ocuparnos de nuestros asuntos, pero sin “preocuparnos”, que es ocuparse dos veces.

. Librarnos, si es posible, del coche y comprarnos una bicicleta, que aparca en cualquier sitio y no nos ponen multas, no paga impuestos y no hay peligro de que nos la rayen.

. Comer con la cabeza y no con el paladar y los ojos; es decir, llevar una dieta natural, frugal, sin grasas y dejar de creer que padeceremos anemia si no comemos un bistec de ternera cada día.

. Aunque tengamos la sensación de ahogarnos, ¡beber un litro de agua al día como mínimo! La sangre, que es nuestra más traidora enemiga, tiene que limpiarse de impurezas, y esta es la mejor manera.

. Relacionarnos con gente joven, pero sin compartir los auriculares del “ipod”, sino porque nuestra conversación de personas maduras y con experiencia sea capaz de interesarles, y, sobre todo, arrancarles una sonrisa de vez en cuando; es decir, que pese a nuestra edad les parezcamos “cool”, o en castellano simple, divertidos.

. Ser capaces de dejar un buen recuerdo entre aquellas personas con las que nos relacionamos, lo que quiere decir no perder la capacidad de hacer amigos, para lo que es necesario ser ameno, saber escuchar y dejar de creer que no nos comprenden porque no nos dan la razón sobre nuestras opiniones.

. No marear a los demás contándoles la interminable relación de nuestros achaques propios de la edad, y si lo hacemos, con sentido del humor y desdramatizando.

De todas formas, si desde los 50 ha seguido estos breves consejos, es muy probable que ahora no le duela nada. Puede que no tenga el vigor de los 20 años, pero, a menos que se lo recuerden los demás, ni se dará cuenta del paso de los años. ¡Eso mismo me ocurre a mí!

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