Napoleón y Joshepine Ackermann

 

El 27 de octubre de 1806, apenas concluido el «Siglo de las luces», y cuyo nuevo siglo parecía presagiar el «siglo de las sombras», Napoleón Bonaparte, montado sobre un esbelto y ágil corcel, cruzó exultante los arcos de la Puerta de Brandemburgo de Berlín, entre la desconfianza y tristeza de los berlineses. La primera guerra franco-prusiana había concluido, tras la derrota de la coalición pruso-sajona en Jena y Auerstedt.
Le acompañaban varios batallones de su gloriosa «Grande Armée», compuesta por una tropa multinacional, y en parte mercenaria, de 600.000 soldados, y que tras la derrota y desintegración de sus respectivos ejércitos llegaron a alistarse voluntarios sajones y prusianos, hasta un total de 100.000 tropas de origen germano.
Un día antes de su entrada triunfal Napoleón rindió homenaje en su mausoleo de Postdam a uno de sus más admirados líderes europeos, el ilustrado monarca Federico II el Grande, muerto sin descendientes directos.
Para celebrar la culminación de su campaña prusiana, Napoleón ofreció un baile popular en el palacio de Berlín, abandonado días antes por el rey Federico Guillermo III, huido a Köninsberg junto con su bella esposa, la reina Luisa, en el extremo oriental de Prusia, y bajo la protección del zar de Rusia. Napoleón ordenó a sus ayudantes de cámara que buscaran por todo Berlín las jóvenes más bellas y atractivas para que le acompañaran en su baile triunfal y entretuvieran a sus oficiales, obligándolas a su comparecencia.
Los ayudantes cumplieron la orden al pie de la letra y en sus correrías llegaron hasta el activo barrio berlinés de Friedrischshain, al este de la ciudad, y no muy lejos del palacio real.
En un puesto de mercado, haciendo su compra habitual, y como si no se hubiera producido la ocupación de Berlín por las tropas francesas, encontraron a una joven, apenas una adolescente, que por su extraordinaria belleza y porte elegante, les pareció buena candidata incluso para ser pareja de baile del mismo Napoleón.
La joven, de apenas 15 años, se llamaba Joshepine Ackermann, y era hija de Jacobs Ackermann, dueño y director del pequeño periódico local «Friedrischshain Blatt», de tendencia liberal y demócrata, contrario a la guerra con Francia, perseguido por la policía del régimen autoritario del nuevo monarca prusiano.
Los ayudantes del general la pusieron al corriente de su situación y decidieron los detalles, vestimenta, hora y protocolo del baile, y a la hora prevista, un carruaje vino a recogerla a su domicilio de Friedrischshain para conducirla al palacio real, profusamente iluminado para tan festiva ocasión y presidido por una espléndida guardia de honor con los más aguerridos oficiales de la triunfante «Grande Armé».
—Querida hija —le previno el padre—, pórtate con dignidad y demuestra al general francés que los prusianos somos gente laboriosa y prudente, amantes de la paz y de las libertades democráticas, pero no aprobamos la guerra como el medio para solucionar los graves problemas que padece Europa.
Los enviados del general recogieron otras jóvenes, no menos atractivas, y a la hora prevista, comenzó el baile con los acordes de la gloriosa «Marsellesa».
Los oficiales franceses, vestidos con sus uniformes de gala, henchidos de triunfalismo y virilidad, fueron eligiendo a sus respectivas parejas entre las asustadas muchachas berlinesas para abrir el baile inaugural. Pero antes el propio Napoleón, advertido por sus ayudantes de la belleza y discreción de Joshepine, con aires ceremoniosos pero impetuosos, como era propio de su carácter, cruzó el gran salón de baile y llegó al lugar donde la joven berlinesa ya esperaba esta invitación.
—Mademoiselle Joshepine, s'il vous plait... Tengo el honor de invitarla a inaugurar este solemne baile triunfal —le rogó cortésmente Napoleón.
La joven accedió gustosa y la orquesta, en su honor, interpretó una popular mazurca del gusto de los prusianos de la época.
El baile se animó y la habilidad de los oficiales franceses para las artes de seducción, tan eficaces como para las de la guerra, se hicieron evidentes. Las muchachas, dóciles y todavía temblorosas, se dejaron llevar y el baile se animó de tal manera que parecían superados y olvidados todos los sufrimientos y desgracias ocasionadas por los franceses hasta su llegada a Berlín. Finalizada la mazurca, Napoleón, con muestras de cansancio, abandonó el salón, y acompañado de la joven pasearon a las orillas del canal. El aire freso del lugar, tras el agitado baile inicial, resultaba agradable de respirar en aquella noche otoñal.
—Cher Mademoiselle, usted como prusiana me odiará, pero créame que su descendencia me recordará como la persona que modernizó Europa y la libró de la tiranía de un puñado de familias aristócratas poco interesadas por el bienestar de sus pueblos.
—Monsieur Napoleón —dijo la joven segura de su propia opinión y sin dejarse intimidar por la mítica gloria del general—, la historia sin duda que le recordará, pero se olvidará de los miles de muertos que sin gloria ni causa alguna han quedado enterrados en los campos de batalla de toda Europa, por donde ha pasado su «Grande Armée».
—Mon cher pètite! —repuso el general condescendiente—, la guerra, al igual que la revolución, son los principales impulso de la historia. ¡Si usted supiera la cantidad de buenas cosas que se han creado por causa de las guerras! El precio es elevado, pero los avances y progreso en todos los sentidos compensan el sufrimiento. Yo odio la guerra tanto como usted, mi joven prusiana, pero cuando las circunstancias la hacen necesaria, debe de hacerse como si se tratara de una obra de arte, con perfección y maestría.
—¿Cree usted, Monsieur Napoleón, que es el primer francés que nos ha invadido? Antes que usted lo hizo Racine, Voltaire, Cornielle y Descartes. Sus obras también cambiaron nuestra historia, pero sin disparar una sola bala de cañón. Ellos también serán recordados, pero no desolaron las tierras ni las mentes que conquistaron.
Napoleón parecía contrariado, pero la juventud e inexperiencia de la joven la justificaban, y pasó por alto su valiente opinión.
—¡Cada cual a su oficio, querida niña!... Parece que refresca, volvamos al salón. Yo debo retirarme temprano, pero usted es joven y debe aprovechar ahora para divertirse.
Joshepine Ackermann regresó a su casa de Friedrischshain escoltada por dos oficiales de la guardia personal de Napoleón.
—¡Gracias a Dios que has vuelto sana y salva, Joshepine, tu madre y yo hemos rezado por ti y Dios nos ha escuchado! —comentó el padre aliviado—. Pero, cuenta, ¿has visto al general?
—Sí, padre; incluso he bailado con él.
—Y ¿cómo es? ¿Qué impresión te ha dado?
—¡Es un hombre, como todos los demás! Es orgulloso, prepotente, egoísta y algo inseguro... Creo que no llegará muy lejos después de Berlín...

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