Nuevo prólogo para mi ensayo “e-Democracia para indignados”




PRÓLOGO

El contexto de este ensayo

Al igual que Empresa y Mercado forman una unidad dialéctica, Mercado y Democracia forman también una unidad dialéctica, pues no puede existir un libre mercado sin libertad. Por tanto, si proponemos una nueva forma de democracia, también tenemos que proponer una nueva forma de libre mercado.


Mi conocimientos sobre economía no son muy extensos y son muchos los factores que concurren, por esta razón mi aproximación a este complejo tema es más filosófico que científico.

Mi método se fundamenta en el sentido real, o mejor dicho objetivo, de los conceptos que hemos creado para cada una de las facetas y variables que ofrece esta compleja ciencia, y comienzo por definir el sentido objetivo de conceptos fundamentales, como son “beneficio” y “rentabilidad”.


Beneficio y rentabilidad

El beneficio es el resultado de las ganancias obtenidas por la producción de algún bien de consumo. Es el “beneficio” que obtiene un empresario por la producción y venta de sus bienes para el consumo o servicios, una vez descontados todos los gastos de producción.

Esto significa que el beneficio implica la realización de un determinado esfuerzo, pues sin trabajo no puede haber producto ni beneficio.

El empresario, en especial en las grandes corporaciones, no crea ni diseña ni financia el producto, para lo que son necesarios creativos, técnicos e inversores. El empresario se limita a “emprender” la producción de un artículo o servicio que ha sido creado, diseñado y financiado. Su función es elegir las herramientas y la fuerza laboral necesaria para su producción.

La rentabilidad es lo opuesto al beneficio, puesto que no es el resultado directo de “emprender” la producción de bienes o servicios para el consumo, sino dotar de los recursos financieros necesarios para que el empresario pueda llevar a cabo su función. En este caso no hablamos de un empresario sino de “capitalista”, o del propietario de un determinado capital destinado a la inversión.

Para hacer rentable su inversión solo necesita realizar el esfuerzo de transferir capital de su cuenta a la cuenta de la empresa financiada.

Pero, al igual que el empresario necesita la colaboración de técnicos y capitalistas, estos necesitan también empresarios y “profesionales” que le asesoren sobre el destino y la rentabilidad de sus inversiones.

Esto quiere decir que tanto el empresario como el capitalista dependen de los técnicos y los profesionales respectivamente. Lo que significa que en la cúspide del proceso económico no están los empresarios ni los capitalistas, sino los técnicos y los profesionales.

Los mayores rentistas de la historia han sido por supuesto la aristocracia, pero sus rentas históricas no provenían del capital, sino de sus extensas propiedades y su rendimento agrícola o ganadero, otra forma de producción menos rentable que la empresarial.

Aunque pudiéramos incluir al clero como rentistas, no es correcto, puesto que desarrollan una actividad religiosa que justifica sus ingresos.


Técnicos y profesionales

Los técnicos (ingenieros, diseñadores de sistemas informáticos, herramientas, nuevos materiales o diseño de los productos, etc.) no obtienen sus ganancias por la rentabilidad ni por el beneficio, sino por el valor que alcanzan sus diseños o sistemas en el mercado. Su participación en el engranaje económico es superior al de empresarios y capitalistas.

Ellos son los responsables de que los bienes o servicios que diseñan sean o no ecológicos y compatibles con las los procesos naturales y un desarrollo sostenible. Por tanto constituyen una parte esencial de la nueva economía ecológica.

En cuanto a los profesionales, su función es asesorr a los capitalistas que les confían su capital con la oferta más rentable posible, sin poner impedimentos a la ética de la inversión.

Esta puede ser, en forma de acciones o préstamos directos a través de los bancos de inversión, que también son profesionales.

Como en el caso de los técnicos, los profesionales no son capitalistas, puesto que el capital que manejan no es de su propiedad, pero están por encima de sus clientes en la jerarquía de los agentes económicos. Sus ganancias las obtienen por la comisión de su gestión, por lo que su máximo interés es que el capital que gestionan devuelva al capitalista el máximo de interés posible.

Esto les lleva con frecuencia a recurrir a la especulación en detrimento de la seguridad y la estabilidad financiera de las empresas, que se ven sometidas a los ataques de los especuladores, y que alteran de forma irregular el valor de su activos.


Creadores: en la cúspide del sistema

Ni los técnicos ni los profesionales ni los empresarios ni capitalistas crean nada nuevo, y sin nuevas ideas no hay nada que diseñar, producir o financiar.

Con su invento del primer telar mecánico, Edmund Cartwrigh movilizó a ingenieros, profesionales y capitalistas para obtener más beneficios en sus industrias manufactureras y una mayor rentabilidad para inversores.

Lo que sigue a la idea del creador es la intervención de técnicos, profesionales y empresarios para desarrollar la nueva idea. Así los creativos están en la cúspide de todo el proceso económico y de sus ideas y creaciones depende que la sociedad adopte un determinado estilo de vida, con sus consecuencias resultantes.



Artistas, religiosos, filósofos y científicos

Estos son los principales agentes que modelan las sociedades en todos sus aspectos concurrentes. Los artistas porque aportan los valores estéticos. Los religiosos, los éticos y la moralidad social. Los filósofos porque contribuyen al descubrimiento de la personalidad y nuestro lugar en la sociedad, así como nuestros derechos y deberes; y los científicos porque sus descubrimientos sirven de estímulo para el progreso.
Cualquier cambio en el comportamiento de las sociedades ha de contar con la unanimidad de estos cuatro agentes sociales.

Un ejemplo de las consecuencia desastrosas de falta de unanimidad lo tenemos en nuestra guerra civil, donde ni los artistas ni los científicos tenían influencia en el régimen franquista, y en síntesis el conflicto se resumió como el antagonismo entre filosofía y religión; es decir, la razón enfrentada a la fe, cuando lo que hubiera evitado el conflicto es la razón compatible con la fe, porque solo son dos contextos de una misma realidad.

Por tanto, cualquier cambio social de gran trascendencia debe comenzar con una idea renovadora que cuente con el respaldo y consenso de la religión, la investigación científica, la técnica, los profesionales, los empresarios y trabajadores, y los capitalistas, de otro modo es imposible la renovación total de la sociedad.



Berlín, 24.08.2020

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