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La vanidad mueve la Historia

¿Mueve la Historia la lucha de clases, las ideologías, las creenciasreligiosas, las guerras? Ninguna de estas opciones verdaderamente, porque la Historia la mueve la vanidad.
El andamiaje que ha soportado la Historia es la economía, y la economía, a su vez, la soporta la economía de mercado. Dentro del mercado, los bienes con mayor valor de cambio no son los de supervivencia sino los de lujo.
A partir de la formación de las clases burguesas urbanas, que no estaban sujetas a los tradicionales lazos de vasallaje, esta nueva clase valora su estatus social de acuerdo a los bienes que consume, el germen de la actual sociedad de consumo, donde el motor de la economía no radica en la producción y el trabajo, sino en el consumo.


Al igual que en sus principios, seguimos siendo lo que consumimos. Nuestra clase social la establece el valor clasista de los bienes que consumimos; es decir, ¡la vanidad!




PRÓLOGO






La realidad que circunda al hombre que piensa, o su “circunstancia”, es desproporcionalmente inmensa para su también inmensa pequeñez dentro del Universo, y su capacidad de conocer y entender, es decir, su inteligencia, no puede contestar a todo cuanto se pregunta. El padre de la filosofía, Tales de Mileto, se cayó a un pozo mientras paseaba meditando en torno al universo, y tuvo que ser una modesta sirvienta quien le recordara que la realidad no sólo estaba en las estrellas sino en los pozos del camino.
No solo eso, sino que muy pronto el hombre que piensa se tropezó también contra las limitaciones de su propia naturaleza, y desconcertado descubrió que después de todo final siempre había un principio; es decir, pronto fue consciente de la dualidad de la naturaleza de la que, aún a su pesar, formaba parte. Ante este descubrimiento perfectamente razonable, el de la infinitud y de la eternidad, no tuvo más remedio de caer en la irracionalidad e “imaginar” algo capaz de superar esta fatalidad, en su desesperada búsqueda de lo único y lo absoluto, a lo que llamó “Dios”. Idea que existe en todas las culturas y lenguas del planeta, pues en todas ellas el hombre que piensa alcanza las mismas “razonables” conclusiones.
Por otro lado, y volviendo a la anécdota de Thales, el hombre que piensa debe de ocuparse del hombre que siente, no sólo para dar satisfacción a sus deseos, sino para defenderse y asegurar su descendencia.
Poniendo orden en todas estas evidencias, llegué a la conclusión obvia de que la “realidad” no sólo la puede interpretar en el hombre que piensa, es decir, el filósofo, sino también el que imagina o el religioso, y el que siente o el científico. En otras palabras, el ser humano se organiza en torno a tres sistemas simultáneos y paralelos, y que no llegan a converger nunca: el filosófico: fruto de lo que piensa, del que surge el “sistema político”; el teológico: fruto de lo que imagina, del que surge el “sistema religioso”, y el científico: fruto de lo que experimenta, y del que surge el “sistema económico”.
Este ensayo interpreta la historia del ser humano como el resultado del enfrentamiento entre estas tres percepciones de la realidad, pues sólo en nuestros días, y en las sociedades más avanzadas, han dejado de combatirse enconadamente gracias a la plena aceptación de la democracia y el Estado de Derecho.
Este no ha sido un logro exclusivo del hombre que piensa, sino también del que “ora et labora”, del creyente y del trabajador, es decir, de la religión y de la economía, pues ambas, pese a tener fundamentos irracionales, han aceptado de buen grado los principios democráticos y de respeto mutuo pensados por filósofos. Por esta razón una sociedad productiva, de derecho y libre, debe mantener necesariamente un equilibrio entre las ideas filosóficas o políticas, la economía y la religión, que expresado en términos históricos no son sino los principios de la Revolución francesa: “Liberté, Égalité et Fraternité”. Cualquier desequilibrio es contrario a la realidad según la percibe el ser humano.
El dominio de la economía lleva al “materialismo”, sin libertad ni moralidad, y concluye en una sociedad dominada por la tecnología; el domino de la política lleva al “idealismo”, sin libertad ni moralidad, y concluye en dictadura, incluso si es “razonable”; por último el dominio de la religión lleva al “espiritualismo”, con la merma de la productividad y de la libertad y concluye inevitablemente en fanatismo teocrático.