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Filosofía apta para todos lo públicos


¿Para qué sirve la filosofía?

Es lamentable que los filósofos, una y otra vez, tengamos que iniciar un ensayo sobre filosofía tratando de justificar nuestro trabajo respondiendo a esta reiterada pregunta, que por regla general se preguntan los que desean iniciarse en la filosofía. Todos sabemos para qué sirven las matemáticas, la medicina, la gastronomía o las religiones, pero son pocos los que saben para qué sirve la filosofía, lo que es de lamentar, porque el ser humano, a diferencia de las bestias irracionales, es un “animal racional y filosófico” por naturaleza. Al cabo del día todos hemos estado “filosofando” en numerosas ocasiones sin ser conscientes de ello. Cada vez que respondemos a alguna pregunta casual recurriendo a la razón, y no a nuestra opinión personal, estamos filosofando.

La filosofía, a pesar de sus diferentes escuelas y sistemas, es un lenguaje universal, que ha soportado el desgaste y desaparición durante más de 20 siglos, porque la razón y la lógica no son diferentes en otras lenguas, culturas, o regímenes políticos; 2 + 2 son 4, aquí y la China, o “Cuando llueve nos mojamos”, es un axioma tan válido para los cristianos como para los musulmanes o los ateos.

También es de lamentar la creencia, por tanto irracional e infundada, que sugieren algunos filósofos, que la filosofía es un saber hermético, reservado a una élite de mentes privilegiadas, quienes parecen ser los únicos capaces de navegar por esos “derroteros”, como escribe Descartes en su prólogo de “El discurso del método”.

Sin lugar a dudas que la filosofía tiene muchos niveles y grados de dificultad, pero una idea se puede desarrollar de acuerdo a su significado simple, pero esencial y verdadero, o de forma más elaborada, penetrando en matices que, pese a su complejidad, no alteran lo esencial de su significado. Por lo que la filosofía básica debe ser de uso común, y la compleja para aquellas personas que, por vocación o simple curiosidad, estemos interesados en estos matices de las ideas.

Por ejemplo, para la filosofía básica, la idea de un automóvil es una estructura en forma de habitáculo, dotado de cuatro ruedas y un motor que lo impulse. Para la filosofía compleja, además de lo expuesto, es de formas y funciones diversas, alimentado con gasolina, gas-oil o energía eléctrica, pero esos atributos no son lo esencial de la idea de un automóvil.

Por supuesto que el ejemplo propuesto es demasiado simple y nada filosófico, porque vemos cientos de automóviles cada día, y es fácil hacernos una idea con su simple observación, lo que es propio de las ciencias experimentales. Pero hay otras ideas que carecen de sustancia y, por tanto, no hay ninguna forma que observar, como la felicidad, el miedo o el mismo pensamiento, esencia de la filosofía.

Pues bien, la filosofía nos enseña el camino que debemos seguir para hacernos una idea de esas esencias sin forma visible de ser, lo que nos llevará a descubrir sus causas, puesto que la filosofía es fundamentalmente el estudio razonable de las causas del comportamiento de la naturaleza esencial o mental, en tanto que las ciencias prácticas, estudian las causas de la naturaleza sustancial o física.

En contra de la opinión generalmente aceptada, la filosofía no nos enseña a pensar, que, como la lengua materna, lo aprendemos de forma natural y espontánea, sino que, una vez que sabemos pensar, nos ilustra sobre cómo y porqué pensamos; cómo está estructurada nuestra facultad de pensar; los elementos en que se compone un pensamiento, y, en otras palabra y para simplificar, “cómo funciona la mente”.

Este primer nivel en el estudio de la filosofía es lo que engloba la Metafísica, que no pretende conocer, sino entender, puesto que no trata con cosas tangibles que puedan ser observadas y medidas, sino con sus conceptos, que no pueden ser observados ni medidos, y, como ya he dicho, solo pueden ser entendidas.

Una vez que “entendemos” cómo funciona nuestra mente y cuáles son sus partes o facultades, sabremos diferenciar una opinión personal, sin un fundamento lógico y razonable, de una certidumbre razonable, que si no incurre en alguna contradicción, es “verdadera”. Y esta es la utilidad y el fin último de la filosofía, como lo expresa Parménides: “Dos vías hay: la de la opinión y la de la verdad”.