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10 mayo, 2020

Respuesta a una librera navarra

Foto: pixabay.com
Un libro es como un paisaje, no sólo se debe leer sino sobre todo sentir.
Hace unos días recibí una petición de compra de uno de mis libros a través de una «librera» de Pamplona. Le comuniqué que estaba pendiente de una nueva revisión, y unos días después recibí otro correo en que me comunicaba que el cliente había decidido esperar la nueva reedición.


Yo casi nunca me enfado desde que vivo en Berlín.He aprendido que el mundo es más hermoso de lo que nos parece a primera vista y que cada mañana, incluso las nubladas y desangeladas, supone un nuevo motivo para alegrarse, pues ese mismo día uno puede escribir alguna que otra genialidad; es decir, es una nueva oportunidad para crear algo bonito, útil o inteligente, y no concibo ya nada mejor que hacer en esta vida que no sea algo así. Por tanto no me enfadé en absoluto, pero me hizo pensar.

Primero, si alguien escribe un buen libro, sea un ensayo o una novela, si es bueno, no necesita actualizaciones. Si es una idea y es una buena idea, no puede ser una idea a "corto plazo" o sería una "mala idea", al menos pobre, podríamos decir "coyuntural", tal y como suelen ser las ideas en el mundo periodístico. Se lo hice saber citando a Descartes y su "Discurso del método", pero acto seguido me leí de un tirón y por trigésimo quinta vez, el libro en cuestión. ¡En efecto, no estaba desfasado! Por tanto, debe tratarse de una "buena idea".

Pero el correo de mi amiga librera navarra contenía un sentido alegato que también me hizo pensar.
Confieso que estoy peleado con el mundo editorial español (del alemán todavía no puedo decir nada, pero al menos en sus páginas Web todos tienen una página dedicada a orientar a los nuevos autores sobre la manera en que deben enviar su propuestas de edición. ¡Un detalle!).

Mi enfado es sobre todo con las grandes editoriales españolas (o de donde sean), a las que culpo de la desastrosa situación de la literatura española actual, en especial a Nadal y Planeta (Ver mi ensayo: "Los enemigos de Cervantes"). El alegato era en favor de los "libreros".

Lo primero que debo decir es que yo me siento dentro de una librería como un niño en una pastelería, o un seminarista en una catedral gótica.

Aquí en Berlín por fortuna tenemos unas cuantas grandes librerías bastante confortables, con horarios larguísimos, y puede decirse que cada día me paso por alguna y ojeo las novedades. Por cierto que los catalanes están pegando fuerte en Alemania. Entre los más vendidos está Carlos Ruiz Zafón, con "La Sombra del viento", Ildefonso Falcones de Sierra y su "La catedral del mar" (que me huele a "Código Da Vinci"), Albert Sánchez Piñol, "Pandora en el Congo" y Jaume Cabré con "Les Veus del Pamano".
 En parte es la consecuencia de que Cataluña fue la invitada en una Fería del Libro de Fráncfort.

Pues bien, mi amiga librera defiende su profesión sin disimular su cariñoso enfado por lo que ella piensa que es una desconsideración por mi parte criticar a los libreros. Pero lo cierto es que aunque me lo propusieran como encargo y bien pagado sería incapaz de hablar mal de los libreros.

Para mi un señor o señora que vende libros es un enviado del Arcángel Gabriel, alguien que ha elegido la mejor profesión de este mundo. ¿Cómo iba a hablar mal de los libreros? Casi asustado he revisados todos mis artículos al respecto por si se me había escapado y de los que he releído sólo veo críticas a editores y malos e irresponsables escritores, que ahora en España abundan como las panderetas en tiempos de Manolete, ¡ni una contra los libreros!

Por tanto quiero tranquilizar a mi nueva amiga y solidarizarme con su hermosa profesión, pues por alguna razón creo que es sencillamente imposible que alguien se dedique a vender libros y no "ame los libros".

Yo me conformo con tocarlos. Me gustan las ediciones alemanas, suaves, bien editadas, con tapas duras y sobrecubierta, y con creativos diseños en las portadas. No me gustan en absoluto las ediciones de papel de estraza de los ingleses y americanos, que parecen hacer un desprecio al propio libro. Son simplemente odiosas y no parecen libros sino videojuegos, con tanto colorín, brillantina y relieve.

Por tanto, queda aclarado el mal entendido: si la literatura española es un auténtico desastre la culpa no es de los libreros sino de los editores, que en lugar de editar según que libros, al recibir los manuscritos deberían presentar una denuncia en la comisaría más próxima por "alteración el orden público". Pero en lugar de eso les dan un premio cuya cuantía yo ya no sé ni cómo se escribe.

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