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16 abril, 2020

"¿Tú quieres ser cura, Andrés?"

Esta novela tiene muchos
pasajes de gran emotividad, éste es uno de ellos. Se ha producido el levantamiento de Asturias. Andrés y su compañero de litera, Jordi,  no pueden conciliar el sueño en el dormitorio del seminario.

La madrugada fue tensa y de insomnio. Yo compartía litera con el Jordi y podíamos hablar sin ser escuchados por los demás compañeros, que tampoco podían conciliar el sueño.

—¿Qué harás tú si triunfa la revolución? —me preguntó el Jordi con un tono de voz casi temblorosa.


La pregunta me cogió por sorpresa porque eran ya tantas las revueltas y sublevaciones que habíamos tendido que soportar en tres años de República que ya no creía realmente que alguna pudiera triunfar. Me parecían explosiones de indignación popular, mal organizadas y descoordinadas, pero, a fuerza de leer sobre las circunstancias de todas las anteriores, ya me había hecho un experto en estrategias revolucionarias.



Yo sabía que ninguna revolución podía triunfar sin contar con el apoyo del Ejército, así es que tranquilicé al pobre muchacho, como si la respuesta se la diera el mismísimo jefe del Estado Mayor.

—¡Tranquilo, Jordi, si el Ejército no les apoya no pueden triunfar!

—Entonces, ¿por qué tanto derramamiento de sangre inútil? ¿Es que no lo ven ellos que no puede ser?

—¡Buena pregunta! —respondí, al tiempo que me vino a la memoria la joven anarquista muerta en mi pueblo—. En cierta ocasión vi como mataban a una joven anarquista, y estando junto a su cadáver me hice esa misma pregunta: ¿Por qué se había sacrificado si todo estaba en su contra? ¿Hasta qué punto los seres humanos creemos tan ciegamente en nuestros ideales que somos capaces de arriesgar la vida por ellos aún sabiendo que están perdidos de antemano? ¡Yo no tengo la respuesta, Jordi, ni creo que nadie la tenga!

¡Las personas somos un misterio incluso para nosotros mismos!

—Entonces, ¿tú ya has visto muertos, Andrés?

—Los he visto, sí, ¡y si Dios no pone fin a esta violencia fraticida aún me quedarán muchos más por ver! —contesté como si hubiese recibido una inspiración.

Permanecimos en silencio y apenas se escuchaba el susurro de otras conversaciones, que no serían muy distintas de la nuestra. Al cabo de un rato me volvió a preguntar con la misma voz débil y temblorosa:

—¿Tú quieres ser cura, Andrés?

De nuevo la pregunta me cogió por sorpresa, pero no podía contestar cualquier cosa. Aquella era una buena oportunidad para sincerarme conmigo mismo.

—¡No, la verdad es que no, Jordi! ¡Me metieron a la fuerza y aquí estoy!

—¡Yo sí, lo he deseado siempre, desde que era un chaval! Pero quiero ser un cura de verdad, y no como estos! No sabría explicártelo, Andrés, pero lo siento así. ¡Quiero irme a la tierra de mi madre, a una aldea del Pirineo gerundense y ser el cura del poble, como si fuera el pregonero o el cartero; ser uno más, el más humilde. Ayudar a la gente, mostrarles las bondades que nos enseñó Jesucristo; enseñarles a no mentir, ni blasfemar, ni hacer mal al prójimo. Pero no quiero andar presumiendo de santurrón ni que me vengan con adulaciones ni prebendas. Me gusta la gente sencilla, que caiga en la tentación pero que sienta de veras su culpa y se arrepienta con humildad y contrición, no como estos beatos, que saben la misa en latín pero no les hables de la bienaventuranzas… —volvió a permanecer unos instantes en silencio. Yo no repliqué porque estaba tratando de reflexionar sobre tantos buenos propósitos. Después, prosiguió—: Yo no creo que los anarquistas, que dicen que son tan ateos, se metieran conmigo siendo un cura como te digo. Porque yo respeto igual a los que creen como a los que no, ¡que más vale un ateo pero honrado, que un creyente pero que sea un sinvergüenza! —de nuevo se hizo el silencio y tampoco supe qué replicar. Lo siguiente me volvió a desconcertar—. ¡Vamos a rezar por todos esos infelices que estarán muriendo en estos momentos, Andrés, por los unos y por los otros, que todos son hijos de Dios! —y no volvió a hablar en toda la noche.

Yo no sabía cómo hacerlo, pero por alguna razón me sentía sobrecogido y turbado por la fortaleza de la fe de aquel muchacho y tal vez sólo para complacerle intenté improvisar una sencilla oración de súplica: «Te ruego Señor que perdones a los que en estos momentos están matando a sus hermanos, ¡porque no saben lo que hacen!».

Fue una breve oración, más por solidaridad con el muchacho que por mi propia iniciativa, pero me debió reconfortar el ánimo, porque casi al terminarla me quedé dormido.

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