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16 marzo, 2020

"Multicultura" o "Sincultura"

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Foto: clio.me
La multicultura no es el resultado de la inmigración, sino de la globalización
Yo sería el primero en protestar si mi vecino fuera musulmán y pusiera la radio a todo volumen con música propia de su cultura. Tampoco suelo comer “Donner kebabs”, ni siquiera en la versión de pollo, menos grasa. No me importa que las mujeres musulmanas se cubran el cabello, pero siento cierta lástima por las que usan “burkas”, por la incomodidad y sensación de marginalidad que ofrecen.

Como agnóstico y laico, desconfío de la utilidad social de las iglesias, de sus preceptos morales y prácticas rituales, pues ya solo intento practicar los principios la Declaración de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

¿Quiere esto decir que soy racista y estoy contra el Islam y su cultura? ¡Sin duda que no! Simplemente exijo que se me trate con el mismo respeto que yo trato a los demás, sean musulmanes, cristianos, budistas o sintoístas. Respeto cuyas normas fundamentales persiguen la buena convivencia y, por consiguiente, la paz social.

Lo que sucede es que estamos viviendo tiempos de extraordinarios cambios de todo tipo, en los que cada nación europea tendrá que se revisar la idea tradicional que tiene de sí misma. Después de todo, esa idea no se ha formado por generación espontánea ni siempre ha sido como se trata de ver en el momento actual, sino que es el fruto de sucesivas síntesis de diversas influencias culturales en el transcurso de su historia.

Ahora estamos ante un nuevo proceso de síntesis cultural que afectará a todas las naciones de Europa, y la clave está en la integración de algunos aspectos destacados de las culturas de Latinoamérica, Asia, Oriente medio y África dentro de la idea cultural nacional europea; es decir, la nueva idea multicultural europea. Paradójicamente no hemos tenido ninguna dificultad para integrar la influencia cultural norteamericana.

Esta transformación no es el resultado de la inmigración sino de la globalización del comercio mundial. No sólo viajan las personas de un determinado país sino también sus productos. Si rechazamos estas nuevas influencias culturales tenemos que rechazar también sus productos autóctonos, que también son parte de su cultura.

Si los populistas europeos quieren ser consecuentes, deben empezar por dejar de consumir frutas y verduras fuera de temporada; no comprar ropa de marca a precios de ganga, aparatos electrónicos de todo tipo, ordenadores portátiles o teléfonos móviles, pues todos estos bienes provienen de aquellos países cuyos aspectos culturales rechazan.

No solo deben renunciar a la mayoría de los productos de consumo, sino que deben empezar a recuperar los caballos y los carros como medios de transporte, pues la mayor parte del petróleo que se refina en gasolina proviene de países árabes.

El nuevo populismo europeo hace una lectura simplista de la realidad de nuestro tiempo, ganando apoyos criticando aquello que le molestas pero ocultando lo que le beneficia; mezclado con un nacionalismo chauvinista, decimonónico, pastoril y romántico.

Yo soy español y vivo en Berlín, pero en mi supermercado tengo otros colegas nacionales en forma de pimientos, naranjas, tomates, vinos o jamón serrano. Sería una injusticia que yo fuera rechazado como “persona española” y sin embargo no fueran rechazados los “productos españoles”. Por suerte para mí, al menos en Berlín, esto no sucede y creo que he sido plenamente aceptado. Pese a las críticas de los demócrata-cristianos, esta es ya una sociedad multicultural e irreversible.

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