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La extraña (capítulo)

Una entrañable reunión familiar 

Tania y Anya sabían el único lugar del parque donde por aquellas fechas sería posible encontrar un helado: una pizzería recién inaugurada en una de las riberas del Soz,
aun cuando eran algo más caros y no tan suculentos como los que se podían adquirir a la entrada del parque durante el verano. No tenían mucho tiempo porque en apenas una hora tendrían que encaminarse a la estación del ferrocarril para esperar el tren, donde debían llegar su hermana Antonina con su marido Andréi y sus dos hijos, Irina y Alexei.

Al menos habían podido disfrutar, en aquella tarde primaveral anticipo del verano, de un agradable momento sentadas en la terraza, junto al río. Anya se había entretenido en recorrer una y otra vez el puente metálico que lo cruzaba en una de las zonas más pintorescas del parque, junto a pequeños islotes y rincones ajardinados, donde habitaban grupos de soñolientos patos de cabeza dorada, y algunas garcetas y cormoranes que ya anidaban por los frondosos abedules de las riberas.

Felices por gozar de aquella inesperada tarde soleada, las dos mujeres tuvieron que abandonar el frescor del río y la caricia del sol y pensar en encaminarse cuanto antes a la estación. Sin dejar de corretear entre los jardincillos, Anya seguía a su madre a través del parque, en dirección a la gran puerta enrejada de la entrada, donde todavía presidía una gigantesca estatua de bronce de un solemne Lenin, con un gesto impreciso que parecía decir «¡Adelante!», o «¡Venceremos!». Justo en ese mismo momento una pareja de novios hacía su entrada triunfal en el parque, seguidos de una comitiva vestida de forma poco usual para una tarde de primavera. Se trataba de la inevitable sesión fotográfica, y ahora también de vídeo, y que les obligaba a repetir ciertas poses y paseos que al operador le parecían que no habían quedado bien grabados. La novia, de aspecto sencillo y campesino, a pesar de su cuidado maquillaje, no vestía el usual traje blanco sino de un vivo color púrpura, casi estridente, y sujetaba contra su pecho un pequeño icono religioso con una imagen de San Nicolás, una costumbre campesina rusa muy popular. El novio, por el contrario, un muchachote de aspecto saludable y tal vez unos años más joven que ella, vestía según el estilo cosmopolita, con un traje negro, camisa inmaculadamente blanca y una corbata probablemente de imitación de seda de color azul. La comitiva, sin embargo, hacía gala de la típica extravagancia de las bodas occidentales, recuperadas tras la caída de la ex Unión Soviética, que parecían imitar burdamente, y con sus escasos medios, a las que se celebraban en los culebrones de la televisión norteamericana.

Tania no pudo evitar detenerse y contemplar aquellas amaneradas escenas, llenas de ingenuidad y convencionalismo, pero siempre le impresionaba la sincera expresión de felicidad de todas las novias, aunque no sabía si por haberse casado o por tener la dicha de exhibir aquellos aparatosos y rutilantes vestidos, que tenía el prodigio de hacer que cualquier mujer, por modesta y poco agraciada que fuera, se sintiera como una princesa en un cuento de hadas. Al menos, ella también se había sentido así a pesar de que su boda no había sido ni la mitad de ostentosa que aquella. Pero no se entretuvo más de lo necesario porque corría el riesgo de que le invadiera la melancolía y la inevitable tristeza de su fracaso matrimonial, y aquel no era precisamente un día para estar triste ni melancólica.

Otra vez tuvieron que coger un destartalado tranvía que las dejó prácticamente a las puertas de la gran estación del ferrocarril. De nuevo tendría que sortear la interminable hilera de vendedores ambulantes, sumados a los puestos de bebidas refrescantes y de periódicos, en medio del habitual caos de pasajeros de todas las procedencias con aspectos pintorescos, como los campesinos de las aldeas circundantes o las nuevas clases medias que empezaban a buscar viviendas en las afueras de la ciudad.

Habían llegado con bastante antelación, así es que se aseguraron del horario de llegada del tren procedente de la capital y volvieron a salir de la estación para encaminarse a uno de los nuevos grandes almacenes que se estaban abriendo por toda la ciudad. Anya parecía como si la hubieran llevado a un jardín encantado lleno de cosas maravillosas y divertidas, pero instintivamente no se atrevía a sugerir que todo aquello podría dejar de formar parte de un sueño para ser realidad y que ella misma lo pudiera poseer. Tania, apretaba la mano de su hija cada vez que ésta se detenía ante una muñeca, una alegre mochila de colegio, un vestido de su talla o un adorno para el pelo que le pudiera gustar.

—¡Todo es carísimo, hija, pero al menos mirar no cuesta nada! ¿No te parece? A ver: ¿qué te gustaría que te regalara si apruebas este curso? —preguntó Tania inesperadamente porque sentía que su hija ya se había hecho merecedora de algún regalo después de su excelente actuación durante la prueba en la escuela de ballet.

Anya miró a su madre azorada porque no estaba segura de hasta dónde podía llegar en su elección, así es que por precaución eligió una pequeña muñeca de aspecto delicado, con un vestido muy vaporoso, que podía verse a través del celofán de la caja y que tenía un raro nombre escrito probablemente en inglés o en francés.

—¿Quieres ésta, Anya? ¡Bueno, está bien, como sé que aprobarás la compraremos hoy mismo! ¡Elige la que más te guste!

Anya sintió un vuelco en el corazón por la alegría de aquel inesperado regalo tan extraordinario y pasó un buen rato sin poderse decidir sobre cuál de todas ellas le gustaba más, porque los vestidos rivalizaban en suntuosidad y hasta lujo para ser una simple muñeca. Finalmente, se decidió por una de ellas. Pasaron por la caja, y dejó que la propia Anya la llevara de vuelta a la estación en su inseparable bolsa de plástico, pero con la promesa de que no la abriría hasta que llegasen a casa.

—¿Se la podré enseñar a Irina, mami?

—Por supuesto, querida, pero sin sacarla de la caja, ¿de acuerdo?

Anya no contestó porque todavía estaba presa de la emoción por aquel inesperado regalo para el que ya había previsto un lugar destacado en su habitación. También se estaba preguntando si sería conveniente llevársela a la granja de su tío Nikolai o dejarla en casa. Decidió que se quedaría en casa porque en el campo correría el peligro de caer en las fauces de los revoltosos cachorros, si es que todavía estaban vivos. Pero tal vez lo mejor sería consultarlo con su madre:

—Mami, ¿tú crees que debería llevarme esta muñeca a la granja de tío Nikolai?

—¿Por qué no? Así la verá también la abuela y la pequeña María Yerovskaya, que seguro te estará esperando. Pero tienes que tener mucho cuidado y si la pequeña Marianka te pide que le dejes jugar con ella, tienes que dejársela, porque ella es muy pobre y seguro que nunca le podrán comprar una muñeca como esta.

Anya se debatía entre su sentido de la solidaridad y su inesperado amor por su nueva muñeca y temía que la pequeña María pudiera hacerle algo que la dañara, no por mala intención sino por su falta de costumbre de jugar con muñecas de aspecto tan delicado. Su familia, unos pobres campesinos que ocupaban una sencilla casa cercana a la de su tío Nikolai, siempre solía participar en las reuniones de la familia Ivánov. Pero si su mamá se lo pedía no podría decir que no. Sólo cabía vigilar atentamente a la pequeña María Yerovskaya cuando le dejara su nueva muñeca para que no le sucediera ninguna desgracia que pudiera lamentar.

El tren llegó con puntualidad, después de cruzar más de cuatrocientos kilómetros de llanuras interminables, salpicadas de bosques de abetos y abedules, inmensos campos de maíz, centeno o trigo y cientos de pequeñas granjas solitarias cubiertas con tejados de cinc que brillaban al sol.

Anya estaba deseando que apareciera su prima Irina, pero esta vez porque ardía en deseos de mostrarle su nueva muñeca, ya que pensaba que ella, a pesar de vivir en la capital, tal vez no habría visto jamás una muñeca así, porque la habían comprado en una tienda que sólo vendía cosas del extranjero.


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