18 noviembre, 2019

La extraña (Capítulo)

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Una llamada de larga distancia

Tania tuvo que esperar una mejor ocasión para abrir su torturado corazón a su madre, porque la pequeña Anya se había unido a ellas, como cada tarde, a la salida del colegio.
Después de cenar, y como era habitual, madre e hija tomaron de nuevo el tranvía de regreso a su propia casa y Anya aprovechó para poner al corriente a su madre sobre las últimas travesuras en el colegio, porque los niños estaban como revolucionados ante las inminentes vacaciones de verano, y deseaba concretar las suyas propias.
—Sabes, mami, yo tampoco quería volver a Italia este año. Me da pena por el pequeño Antonioni, que me quiere mucho, pero, ¿ya estoy curada, verdad mama? —preguntó de pronto Anya con tanta vitalidad que obviamente la pregunta carecía de sentido a simple vista.
—¡Anya, cariño, tú nunca has estado enferma, si te enviamos a Italia fue para que cambiaras de aires y nada más, y no porque estuvieras enferma por lo de Chernovil, ¡gracias a Dios, porque muchos otros niños de Ucrania si quedaron afectados!
—¡Yo quiero pasar el verano con el tío Nikolai en Nosovichi, y quiero que venga también la abuela! ¿Vendrá la abuela, verdad mami?
—Eso espero, pero no todo el verano... ¡Esa abuela tuya le tiene tanto apego a esa vieja y fría casona que no sé cómo haremos para sacarla de allí este invierno! Si nos pudiéramos cambiar a un apartamento más grande...
—¡Mami!, ¿tú crees que el tío Nikolai me dejará conducir la carreta con Katiuska?
—Ana, hija, ¿no te gustaría tener una casa más grande y más... bonita... con muebles modernos, alfombras nuevas, una calefacción que no se estropee nunca, un baño nuevo, con lavadora y en un barrio más... bueno más nuevo y bonito?
Anya sintió que su madre estaba tratando de decirle algo especial porque casi nunca la llamaba Anna, sino Anya, incluso Anyuta, como solía hacerlo su abuela. Era como si se estuviera dirigiendo a otra persona más adulta y eso la alarmó. Se encogió de hombros y se dispuso a escuchar el resto de aquella conversación sobre algo que seguramente sería nuevo para ella.
—Ya sé que con el sueldo que tengo eso sería soñar despierta. Pero, hija... —prosiguió Tania, que temblaba ante la idea de introducir en la mente de su hija la idea de un posible nuevo matrimonio, precisamente unos días antes de iniciar sus vacaciones, lo que seguramente haría que cambiase su humor y su hermano tuviera que padecerlo, pero no podía continuar sin que su hija participase también de sus preocupaciones y trató de ser lo más delicada que le fuera posible —, ¿no crees que una familia no está completa si falta un hombre en la casa?
La niña tuvo la clara visión del sentido de aquella inesperada pregunta y se apresuró a defender a su propio padre:
—¿Por qué dejaste que papá se fuera a Minsk? Si no se hubiera ido... —Anya no pudo continuar con la idea inicial, porque ahora conocía a sus hermanastros y sabía que de no haberse ido ellos tampoco hubieran nacido. Por tanto, de alguna manera las cosas estaban bien así, pero no era capaz de comprender la razón del divorcio, aun cuando recordaba algunas de las discusiones de sus padres, del llanto de su madre, las eventuales borracheras de su padre y los horribles reproches que se hacían entre sí, pero, a pesar de todo, seguía sintiendo cariño y afecto por él. Por eso lo único que deseaba era dejar aquel tema y seguir pensando en sus vacaciones con su tío Nikolai—. ¡Si tú se lo pides, el tío Nikolai me dejara conducir la carreta de Katiuska! ¿Se lo pedirás, verdad, mami?
Tania comprendió que Anya no quería hablar del tema y que, después de todo, no tenía sentido alterar la vida de la pequeña cuando ni siquiera estaba segura de si tendría alguna oportunidad real de rehacer su vida, y menos con aquel español.
El tranvía les dejó en su barrio cuando las últimas luces de la tarde de aquel equinoccio de verano rivalizaban con las pocas farolas encendidas y algunos ventanales que ya estaban iluminados. Saludaron a varios conocidos que sacaban los perros a pasear y algún vecino enfrascado en las eternas reparaciones necesarias de sus destartalados automóviles, y como la noche era tibia y clara, decidieron pasear todavía un rato más antes de encerrarse en casa. Desde su regreso de Minsk, aquel modesto y poco acogedor apartamento empezaba a resultarle insufrible y soñaba con poderse cambiar, si fuera posible antes del próximo invierno. Al menos Tania estaba ya segura de una cosa: se estaba preparando a sí misma para aceptar que en su vida podría suceder un cambio inesperado y que estaba dispuesta a enfrentarse a él.
Aquella sería, sin duda, otra larga noche de insomnio como las que padecía también desde que regresara de Minsk. Tal vez fuera esa la razón de que su carácter se había vuelto más irascible, porque al no poder conciliar el sueño tenía necesidad de encontrar algo en qué ocupar su mente para librarse de la misma obsesión de siempre: aquella insufrible soledad. Pero, tal vez porque había llegado a contemplar siquiera la posibilidad, a la soledad se le sumaba su renacido ardor y deseo cada vez más frecuente e incontrolado. Por esa razón el sabor de aquel beso, que para ella fue sin duda una experiencia profundamente sensual, le alteraba mucho más como si hubiera sido una especie de anticipo de lo que podía esperar si finalmente era capaz de consolidar una nueva relación.
La enorme cama de matrimonio le parecía ahora insufrible por la ausencia de alguien que la estimulara y complaciera aquellos renovados ardores que no podía hacer nada por reprimir.
De pronto, en medio del silencio propio de aquellas altas horas de la madrugada en el que incluso podía escuchar la suave respiración de su propia hija, sonó el teléfono y el corazón de Tania sufrió una desbocada aceleración, la sangre se le acumuló en el cerebro y, como una autómata, saltó de la cama con la certidumbre de que había sucedido alguna desgracia familiar: el teléfono nunca había sonado a aquellas horas de la madrugada desde la muerte de su padre, por lo que temió que pudiera ser alguna fatal noticia relacionada con su madre. Descolgó el teléfono esperando la voz de algún familiar con la trágica noticia. Cuando escuchó la titubeante voz de Toni con un insoportable eco, propio de la llamadas de larga distancia, se dejó caer sobre una silla, el sudor frío le corría por la frente, el corazón todavía no se había recuperado y le costaba responder, pero el cerebro parecía despejarse rápidamente, cambiándose la primera inquietud en una sensación de asombro y hasta de súbita felicidad por escuchar la voz del hombre que ya había dado por perdido.
—¿Toni? ¿Eres tú...? ¿Pero...?
—¡Si, Tania, soy yo... Te llamo desde Madrid... Quería haberte llamado antes para decirte que llegué bien y todo eso pero he preferido esperar estos días para darte una noticia que espero que te guste... —Toni esperó unos instantes para ordenar la forma en que le plantearía la idea de venir a visitarle, porque la voz de Tania sonaba incomprensiblemente lejana y tenía miedo de que si no hablaba claro y despacio no la iba a entender —¡Estoy gestionando un visado para que puedas venir a Madrid dentro de quince días! ¿Te gustaría?
Tania no sabía que contestar porque comprendía que no se trataba de una simple visita turística sino que, sin duda, podría tener una trascendencia que a esas horas de la madrugada y bajo aquella excitación era incapaz de valorar.
—¡No sé!... La verdad es que no esperaba tu llamada... No es fácil, tengo compromisos... mi madre... mi hija...
Tania no se dio cuenta de que Anya también se había despertado sobresaltada por la llamada, había corrido al teléfono al igual que la madre y permanecía acurrucada a la espera de noticias en la puerta de su habitación. Sabía que su madre estaba hablando con un hombre y temblaba por la ansiedad y con la mirada fija en su madre, porque presentía que estaba pasando algo fuera de lo normal y que de alguna manera le iba a afectar. Por primera vez comprendió que su madre había iniciado relaciones con un hombre con el que parecía estar haciendo planes que ella no quería ni imaginar.
Tania, más relajada, se dio cuenta por fin de la presencia de su hija y de su inquietante mirada y trató de concluir cuanto antes aquella conversación para prestarla atención y tratar de tranquilizarla.
—¡Por favor!, ¿puedes llamarme mañana un poco más tarde? ¡Aquí son las... las cinco de la mañana! Llama sobre las diez y te diré alguna cosa. ¿De acuerdo?
—¡Lo siento!, no había pensado en el cambio de horario, perdona. ¡De acuerdo, te llamo mañana a las diez!
Tania colgó el teléfono y las dos mujeres permanecieron mirándose unos instantes, como si se estuvieran haciendo miles de preguntas angustiosas para las que deseaban una inmediata respuesta. Anya se acercó a ella lentamente, se sentó sobre sus rodillas y le preguntó disimulando su inquietud:
—¿Quién es ese Toni, mamá? ¿Es un hombre extranjero, verdad?
Para Tania esa fue la segunda vez que su hija le hacía una pregunta de la que esperaba mucho más que una simple afirmación. La primera fue cuando tuvo que explicarle las razones para su divorcio y ahora tendría que hacer todo lo contrario y tratar de convencerla de que hay hombres con los que se podía vivir en paz y en armonía, amorosos y respetuosos y que eso pondría ser bueno para las dos.
—¡Ana, hija, ya eres casi una mujer... estoy seguro que vas a comprenderlo!
—¿Por qué me llamas Ana, mami? ¿Qué tengo que comprender?
—¡Tienes once años! Ya eres casi una adolescente, pronto habrás dejado de ser una niña y empezarás a ver las cosas de otra forma... querrás ser más independiente... y tu mundo ya no se limitará a esta casa y a tu madre... Un día, incluso conocerás a un chico que te guste... —Anya se ruborizó ligeramente, pero su expresión se hizo más severa y apremiante porque deseaba comprender cuanto antes el sentido de todos aquellos preámbulos—, pero no como te gustan ahora... sino, bueno, de otra forma, y entonces sólo pensarás en él y cada minuto que estés sin él te parecerá eterno... Es natural... es el amor entre una mujer y un hombre, ¿comprendes? Quiero decir que te enamorarás de un chico y, si te corresponde, te casarás con él y formareis una familia. ¡No todas las relaciones tienen que acabar mal!
Anya permanecía en silencio porque todo cuanto escuchaba de su madre tenía para ella un sentido confuso del que se podía hacer tan sólo una vaga idea. En efecto, ya había sentido algo así por algún chico de su colegio pero no quiso darle importancia hasta no estar segura de qué podría ser. Y ahora que su madre le trataba de abrir los ojos se sentía turbada. Tal vez fuera excitante ser mujer, pero de lo que estaba seguro era de que también sería doloroso.
Tania no comprendía por qué Anya no replicaba con alguna de sus interminables e insistentes preguntas, por lo que procuró darle tiempo para intentar proseguir con aquella difícil conversación.
—Mira, Anna, hija, ¿por qué no hablamos de todo esto mañana que estaremos más tranquilas y relajadas? ¿Quieres dormir conmigo esta noche, eh?
Anya asintió con la cabeza incapaz de salir de su forzado silencio y las dos mujeres se acurrucaron la una junto a la otra, cada una con sus propios y atormentados pensamientos. Tania se preguntaba qué había sucedido en su mundo para que una niña como Anya tuviera que verse envuelta en aquellas extrañas circunstancias tan difícil de comprender y asimilar, cuando ella, a pesar de vivir una época bajo el sistema comunista, tuvo una infancia feliz, y rodeada de todo el afecto y la seguridad que podía necesitar. Una vez más las ideas se le hicieron confusas y el único consuelo a su angustia era sentir el cuerpo menudo y cálido de su hija, de la que pasara lo que pasara, no se separaría jamás.

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