19 noviembre, 2019

Mi querida libertad (Capítulo)

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CAPITULO VI 
 
En el autobús, Betsy quiso poner a prueba la conciencia revolucionaria de su acompañante, y tarareó una canción de Lluis Llac, de la que conocía la letra en catalán.
Viajaban de pié, en la parte trasera del abarrotado vehículo; un viejo Pegaso rojo destartalado. Se sujetaban como mejor podían a una barra metálica, y a cada bache, frenazo o maniobra brusca, se escuchaba el desajuste metálico del viejo autobús, como si se fuera a desarmar. Betsy cantó la primera estrofa tan bajito que parecía cantarla para sí misma; para su propia conciencia de revolucionaria que necesita constantemente el estímulo de una canción prohibida:

L'avi Siset em parlava
de bon matí al portal,
mentre el sol esperàvem
i els carros vèiem passar.

Teo sonrió, pero se sintió incómodo. No entendía la letra. A decir verdad por aquellos días el catalán le parecía una lengua primitiva, probablemente en vías de extinción, pero todavía había algunos que por llevar la contraria a Gobierno de Madrid, se empeñaban en utilizarla. Sabía que los barceloneses hablaban el castellano mejor que los de Valladolid y los negocios no les iban nada mal. Pensaba que los que todavía la hablaban debían ser gente mayor, campesinos o montañeros; gente reacia a perder sus tradiciones, que lo mismo podía ser la lengua como la escudella o la butifarra blanca. Por eso sabía que era canción de «protesta», como se las llamaba por la universidad. Se sintió algo violento por si viajaba alguno de la secreta en el autobús. Él sabía perfectamente que la universidad estaba atestada de confidentes de la policía político-social. Lo sabía por los comentarios de su padre: «Menos mal que todavía hay jóvenes que respetan el Movimiento y nos informan de esos mal nacidos comunistas y anarquistas.» Eran Guerrilleros de Cristo Rey o hijos de falangistas fanáticos, también miembros del Sindicato Español Universitario. Gente que informaban puntualmente de todo cuanto sucedía en la universidad; anotaba nombres y apellidos, de estudiantes y de catedráticos, incluso de los hujieres y empleados. Pero Betsy, que no podía dejar sin concluir cualquier cosa que se proponía, no sólo siguió canturreando, sino que subió el tono de voz:

Siset, que no veus l'estaca
a on estem tots lligats?
Si no podem desfer-nos-en
mai no podrem caminar!

Alguien próximo a ellos escuchó la canción y empezó a tararearla también. Pronto otros estudiantes se dejaron contagiar por aquella tonadilla, que ya tenía categoría de revolucionaria, y se sumaron al coro. El que no sabía la letra se limitaba a tararear la música lo mejor que podía. Teo se agitó inquieto. Después de todo no había sido buena idea dejarse embaucar por una joven lisa y testaruda, además de irresponsable. Pero su inquietud aumentó alarmantemente cuando todo el autobús, como un clamor de pequeños revolucionarios espontáneos, se contagió y se armó un verdadero griterío, y todos a una, incluso el conductor, cantaron las últimas estrofas de la canción, de la que al parecer todos conocía la letra en catalán, justo un minuto antes de llegar a Moncloa:

Si jo l'estiro fort per aquí
i tu l'estires fort per allà,
segur que tomba, tomba, tomba
i ens podrem alliberar.

El autobús se detuvo en la parada correspondiente y se hizo un riguroso silencio. Los chicos se apearon sonrientes, son sus libros y apuntes debajo del brazo; con el corazón repleto de esperanza y ansiedad de libertad y el puño izquierdo todavía cerrado. En la parada había dos grises, con sus anticuados y largos abrigos de paño, su ridícula gorra de plato, con el águila imperial sujetando el yugo y las flechas, con su oscuro y bien recortado bigote; con su obsesión anticomunista bien asimilada, con sus aires marciales decimonónicos. Pero aquellos jóvenes los consideraban ya como estatuas de gratino, del mismo con que los presos políticos construyeron el Valle de los Caídos, y todas las estatuas ecuestres y monumentos destinados a prevalecer en la memoria de los humillados y represaliados todas sus fechorías; para que la historia tuvieran fieles y puntuales testigos de que hubo una vez una pandilla de delincuentes comunes con galones y condecoraciones, católicos en los ritos pero perfectamente ateos en los hechos. Nada más; no tenía otra intención. Pero los jóvenes que había cantado la canción de Lluis Llac desde la Ciudad Universitaria hasta Moncloa lo sabían. Habían cambiado de opinión; habían descubierto la manipulación de sus viejos libros de historia, de los de política y los de religión, y por eso cantaron todos a una, incluido el conductor, la canción de Lluis Llac.

—Si yo estiro por aquí y tú estiras por allá… Si nos unimos todos está mierda de régimen pronto caerá.

Betsy alteró a su gusto las últimas estrofas de la canción mientras caminaba apresurada y seguía cantando sola sin saber si Teo la escuchaba; y él la seguía calle Princesa arriba sin saber muy bien dónde iba. Pero ella siempre sabía a dónde iba; lo tenía decidido de antemano. No se ponía en marcha sin tener claro el destino; se levantaba cada mañana con una idea clara en la cabeza, y la realizaba a toda costa. Entraba en el comedor con la idea de pedir un determinado plano, que siempre conseguía. Se presentaba a una evaluación sabiendo que la aprobaría, y siempre la aprobaba. Si se proponía adoctrinar a Teo sabía de ante mano que lo conseguiría. Tenía un plan, improvisado, pero un plan: irían a un bar donde se reunía gente de izquierdas; militantes de organizaciones clandestinas sin que tuvieran que mencionar sus siglas de partido, les unía la clandestinidad misma. Allí bastaría con dejar que tomara tranquilamente su cerveza. No era necesario sermones, ni soltarle el catecismo doctrinario, bastaba con que observara la gente mientras bebía su cerveza. Entonces comprendería lo que trataba de inculcarle. Aquella gente, que no conocía de nada, serían en apenas unos minutos sus amigos. ¡Así, sin más, sus amigos! Podía pedirles tabaco, dinero prestado, las direcciones de su agenda, prestarle el coche o la moto; podría ser invitado a una de sus fiestas con sólo que se bebiera su cerveza en el rincón habitual de reunión, con eso era suficiente. Entonces comprendería de lo que trataba de hablarle. Les diría: «Os presento a Teo, un compañero de la facultad». Y ellos responderían: «¡Salud, compañero!» y a partir de ese momento sabía que contaba con nuevos amigos para lo que hiciera falta. Ese era su plan, ¡y no podía fallar!

—Aquí os presento a Teo, un compañero de la facultad —dijo Betsy, tal a como lo tenía previsto.

—¡Salud, compañero! —contestaron los chicos también como estaba previsto.

El bar estaba animado a esa hora de la tarde, en su mayoría con chicos de la universidad. Teo se sentó como si se lo hubieran ordenado. Antes de que pudiera reaccionar alguien le pidió una cerveza. Él hubiera preferido un té con limón, pero obviamente ya era demasiado tarde. Esa costumbre la había adquirido de su madre, a esas horas de la tarde ella siempre tomaba té con limón. Pero tal vez ahora que tenía un amante con tan poca clase se hubiera habituado también a la cerveza, y bebida directamente de la botella. Le trajeron la botella y Teo esperaba que le trajeran también el baso. Betsy le dio a entender que no habría baso y él reaccionó. Tomo la botella y antes de que pudiera llevársela a la boca, los otros compañeros la golpearon con tanto ímpetu que empezó a salir espuma.

—¡Salud!

Dijeron todos a una y Teo bebió rápidamente un pequeño sorbo, sólo para evitar que la espuma se derramara sobre la mesa. A los otros chicos les daba igual, y se derramó parte de la espuma sobre el mármol de la mesa. Alguien puso sobre el líquido derramado una servilleta de papel, que se empapó totalmente, luego colocó su botella sobre la servilleta empapada. Teo no entendía la idea. Podía llamar al camarero para que limpiara la mesa, pero los chicos no le prestaban al suceso la mínima atención. Alguien comentó algo sobre cine, y se enredaron en un coloquio sobre la «Nouelle vague»:

—Ayer fui a ver «Jules et Jim», de Truffaut. No sé, pero no me ha parecido tan buena como «Los 400 golpes».

—A mí la Jeanne Moreau no me parece una actriz para este tipo de películas.

—Además, el planteamiento no es realista.

—Un «menage a trois» pequeño burgués.

—Los «Golpes» tiene más contenido político y social.

—Pero no sé si Antoine Doinel tiene razones suficientes para odiar a su madre por el hecho de tener un amante.

—Una madre puede tener un amante o los que quiera, y un hijo no tiene derecho a juzgarla.

—Es la moral burguesa de los cojones.

—¿Por qué Truffaut nos muestra esta reacción de Antoine? ¿Por qué siendo alguien de izquierdas y liberado no es más comprensible con la madre?

—Si hubiera sido un incesto o algo contra natura, pero un amante, ¡es lo más natural del mundo que una mujer joven, madre soltera, desee a un hombre!

—Incluso estando casada, si el suyo propio no le satisface.

—Yo creo que Truffaut quiso castigar a su propia madre en la ficción de la película.

—Sí; es una película autobiográfica. Puede que sea eso. ¡Pero es una contradicción!...

—¡Burguesa!

—Es la eterna lucha del Estado autoritario, el maestro de Antoine, y la sociedad, democrática, creativa y natural, Antoine y su amigo René.

—La idea final deja claro el mensaje de la película.

—Sin embargo yo lo encuentro algo confuso; ver el mar es una forma de escapismo de la realidad; el mar carece de límites; no es un símbolo revolucionario.

—¡Es la antítesis de la revolución: la calma; la muerte; el desencanto!…

—Sí, eso creo yo —dijo por fin Betsy—; lo del mar no es una buena metáfora. Y tú, Teo, ¿qué piensas? ¿Te parece adecuada esta metáfora final de la película?

Pero Teo todavía estaba tratando de resolver sus propios dilemas personales. Su madre también tenía un amante. Un joven desvergonzado, recadero de una tienda de comestibles. No era una amante de película, ni su madre era una desnaturalizada, que le odiaba. No; él era un hijo amado y deseado, tal vez demasiado amado; demasiado deseado; demasiado protegido. A él le hubiera gustado tener más libertad e imaginación; jugar con otros juguetes, y no tan solo con un monito mecánico, que finalmente le traicionó y acabó con su insignificante infancia el día mismo en que se estropeó la cuerda. Por tanto no podía hacerse una opinión sobre la pregunta. Tampoco sentía una especial atracción por el mar, prefería el campo, como en el que solían pasar los veranos en la casa de sus tíos maternos. Le encantaban las soleadas laderas sembradas de naranjos, limoneros, almendros, avellanos, cerezos, además de viñedos con sus retorcidos tallos y sus hojas grandes, verdes y trasparentes, además de los grandes racimos, todavía ácidos en agosto.

—Prefiero el campo, el mar es demasiado…

—¡Ambiguo! —se anticipó como siempre ella—. ¿Es eso lo que quieres decir?

—Sí, eso quería decir.

—Cierto, compañero, ambiguo, es la expresión adecuada. ¿Cómo la hubieras terminado tú?

—¿Yo? Pues… no sé… Tal vez con imágenes del campo; un valle de naranjos y limoneros…

—¿En Francia?

—Bueno… tal vez viñedos…

—¡Cierto! —interrumpió otra vez Betsy—. Teo tiene una idea más social y comprometida del final. El campo representa el trabajo; el compromiso social; el quehacer con finalidad. El mar es pura evasión… Desencanto. ¿Es ese el sentido de tu idea?

Teo no sabía de qué le estaban hablando. Miró a Betsy y le dio la impresión de estar viendo la mona de un zoológico. No sabía en qué idioma hablaba ni entendía por qué su opinión era tan importante, tal vez porque aquella era la primera vez que se la pedían. Estaba desconcertado pero en cierto modo halagado. Aquellos chicos estaban realmente interesados por su respuesta, y no podía defraudarle diciendo, «Yo no entiendo de estas cosas» o «A mi dejarme tranquilo, yo sólo he venido acompañando a Betsy». No; debía decir algo que diera la impresión de que seguía el tema; que estaba interesado; que lo consideraba importante. Ya no era un estudiante de bachillerato superior, sino un universitario, y se suponía que un universitario debía saber de esas cosas, y tener una opinión concreta.

—¡Sí, claro! —dijo por fin.

A partir de ese momento tuvo que dar su opinión, con breves afirmaciones o negaciones otras tres o cuatro veces en el transcurso de la discusión; y Betsy le interrumpió otras tantas veces, pero no le molestó, al contrario, era una gran ayuda.

Cuando se agotó el tema, se produjo un extraño silencio. Los chicos miraban inquietos el techo sin una razón aparente, apuraban el último sorbo de la botella de cerveza, sabiendo que ya no quedaba cerveza; golpeaban con los dedos el mármol empapado de la mesa y, además del techo, miraban alternativamente a otros compañeros del local, y muy breve pero intensamente, al propio Teo. Se preguntaban si el recién llegado era ya de suficiente confianza como para pasar al siguiente tema; al que de verdad les interesaba. Lo del cine había servido de preámbulo; para calentarse. Ahora llegaba el momento de las confidencias serias y comprometidas y no estaban seguros de Teo. Betsy se había distraído y por primera vez no se anticipó a los pensamientos de los demás, pero reaccionó cuando escuchó a alguien decir que había caído un comando de ETA en una población cercana a San Sebastián. Observó a sus compañeros y rápidamente comprendió la causa de aquel inquieto silencio.

—¡Bueno, chicos, yo me largo, que tengo un montón de temas que repasar! ¿Vienes, Teo? —le preguntó para no parecer autoritaria. Pero Teo ya se había levantado de la silla con la misma sensación de haber recibido una orden que cuando llegó. Aliviados los camaradas de Betsy se deshicieron en saludos y apretones de manos, incluso uno de ellos le puso la mano sobre el hombro y le ofreció su amistad sin reparos:

—¡Bueno compañero, aquí nos tienes para lo que quieras! —y le volvió a palmear el hombro, tal vez para que sintiera que su oferta era sincera. Teo les agradeció su generosa amistad, pero puesto que no era un gran experto en cine de Arte y Ensayo no sabía si aquella nueva amistad tendría alguna utilidad para él. Además, la cerveza no le había sentado bien. Hubiera preferido un té con limón, pero el mal ya estaba hecho. Betsy ya estaba en la puerta y esperaba que los chicos terminaran de despedirse de Teo. Ya en la calle, le preguntó:

—¿Qué te han parecido mis amigos?

—Interesantes…

—¡Por supuesto! Son gente legal; buenos camaradas —interrumpió ella. Y así fue como Teo, entre las interrupciones de Betsy, entró en contacto con la clandestinidad.




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