20 noviembre, 2019

Capitulo 5 del relato "Hermann en el Purgatorio"

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Hermann en el Purgatorio. Capítulo 5

Se hizo de nuevo un pavoroso silencio, aunque por instantes creí percibir un extraño sonido, como si fueran las notas agudas de un órgano, con cierta armonía, pero sin que formara una frase musical concreta.
Era un tono monótono, a veces mas grave y otras más agudo. El sonido era agradable y solemne, pero al mismo tiempo aterrador, porque parecía provenir de las galaxias. A veces se desvanecía totalmente y reinaba el más absoluto silencio. ¿Tendría que escuchar aquella música espectral los mil o dos mil años que permaneciera en aquel purgatorio?
Por suerte la llegada del viejo y la joven Eloísa me sacaron de aquella angustiosa suposición.
— Señor, dígale a mi abuelo lo que me ha dicho a mí. A usted debe creerle.
El viejo me observaba incrédulo, pero parecía inquieto y expectante. Yo traté de hablar con aplomo y ser lo más convincente posible. La joven empujó suavemente al anciano para que se acercase más a mí y le descargó de su voluminoso saco.
— Es cierto, señor, y debe creerme. Hace años que los católicos y los protestantes conviven juntos en paz y armonía.
— No puedo creerlo; usted debe ser católico y trata de engañarme, pero yo no renunciaré a mi fe, ¡antes prefiero mil veces la muerte!
— ¡Abuelo, no sea tan obstinado! — le recriminó la joven.
— Ya no hay guerras religiosas en Alemania. ¡Carlos V ha muerto, y sus sucesores también!
— ¿El emperador ha muerto?
— ¡Completamente! ¡Hace ya casi cinco siglos!
— Pero, ¿quién es usted, y por qué sabe todo eso? ¿Es un emisario de la Liga protestante?
— No, no; de eso hace ya muchos años. Pero yo también estoy muerto. Lleva usted mucho tiempo en este purgatorio y yo acabo de llegar del mundo de los vivos. Las cosas han cambiado mucho en el mundo desde que usted está muerto.
— Debe creerle, abuelo, se lo dice con buena intención. Este señor no quiere herirle. Es una buena persona; ¡le regaló sus zapatos! — intercedió nuevamente la joven.
El viejo pareció afectado, como si mantuviera una profunda lucha interior. Cambió una interrogante mirada con su nieta y ella hizo un enérgico gesto de afirmación con la cabeza.
— Entonces, estoy muerto, y de nada me sirve recoger cosas inservibles por ahí…
— No, abuelo, ya no le sirve de nada; ya nunca podrá venderlas en el mercado. Todo ha terminado para nosotros. Ahora solo nos queda ganar el cielo, y este buen hombre puede ayudarnos.
El viejo permanecía confuso. Le temblaban las pantorrillas y seguía intercambiando angustiosas miradas con su nieta. Por fin me pareció que había aceptado los hechos, porque se acercó a su nieta, estrechó su mano, y exclamó desolado:
— Entonces, aquel soldado nos mató a los dos el mismo día…
— Sí, abuelo.
— ¡Y tú lo has sabido todo este tiempo!
— Muchas veces he intentado convencerle, pero usted se obstinaba.
El anciano parecía sereno y resignado. Se volvió hacia mí y me preguntó si sabía como había muerto el emperador.
— Enfermo y cansado de pelear contra todos los príncipes de Europa se retiró a un monasterio en España…
— ¿Se hizo monje ese Anticristo?
— Oh, no; en absoluto. Él siguió siendo el mismo arrogante y fanático personaje de siempre, como todos los Habsburgo de aquellos tiempos. Pero en sus últimos años la gente le perdió el respeto. Incluso los monjes y lugareños del monasterio le hacían la vida imposible. Ni siquiera el hijo le tenía mucho respeto.
— ¿El joven Felipe?
— Sí, el mismo. Finalmente falleció después de una dolorosa agonía, víctima del paludismo, aunque desde muy joven ya padecía de la dolorosa enfermedad de la gota, tan frecuente entre los príncipes de entonces.
— ¡Dios le castigó!
— En sus últimos días debió padecer de grandes remordimientos, porque prácticamente perdió el juicio. Hizo que los monjes del monasterio celebrasen sus exequias mientras estaba todavía vivo y permanecía dentro de su propio ataúd.
— Ha debido ir directamente al infierno — me interrumpió la joven.
— ¡Sin duda alguna!
— ¿Y qué sucedió después?
— Desgraciadamente su hijo Felipe no se comportó mejor que él, y provocó una larga guerra entre católicos y protestantes. Pero finalmente se firmó un acuerdo de paz por el que se decidió que el norte de Alemania profesaría mayoritariamente el protestantismo y el sur el catolicismo, pero con libertad religiosa en ambas partes. Hoy las iglesias católicas y protestantes están unas al lado de las otras y las dos confesiones conviven pacíficamente.
— ¡Alabado sea Dios! — exclamó el viejo, y después pareció sumirse en una profunda reflexión. — ¡Yo le perdono! Si Dios ya le ha castigado, yo debo perdonarle, pues el Señor nos dijo que debíamos perdonar a nuestros enemigos, y yo no tengo más enemigo que el emperador.
Lo que sucedió inmediatamente después fue asombroso. El anciano pareció caer en un beatífico estado de trance. Su tenue figura empezó a desvanecerse al tiempo que adquiría un leve resplandor, que fue en aumento hasta que se convirtió en una pequeña luz blanca de una deslumbrante intensidad, que nos iluminó como si se tratará de una diminuta estrella. Un instante después de esta extraordinaria metamorfosis, la luz fue vertiginosamente absorbida en dirección a la gran galaxia blanca que lucía sobre nuestras cabezas, y supongo que fue a fundirse con ella. ¿Era aquello el cielo de que habló mi conciencia?"

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